Vivir sin dormir en los barrios de Medellín

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Las cifras demuestran que la crisis es generalizada e insostenible. Entre enero y abril de este año, la línea de emergencias 123 recibió 45.542 llamadas por perturbación o exceso de ruido. Por: John Alexander Rodríguez López - Comunicador Social, Periodista - jhonzio@gmail.com

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¿Vivir en un barrio silencioso se ha convertido en un lujo en Medellín? ¿Está la contaminación acústica verdaderamente correlacionada con la educación y la cultura de una comunidad?.

Esas son algunas de las preguntas que retumban en la cabeza de miles de paisas a diario cuando intentan conciliar el sueño.

La escena es trágicamente cotidiana: son las dos de la mañana, hay que madrugar a trabajar o a despachar a los niños para el colegio a las 6:00 a. m., pero el vecino lleva dos días de fiesta con el equipo de sonido a todo volumen y los ánimos intactos para extender la parranda.

Ahí empieza el dilema paralizante. ¿Vale la pena ir a tocar la puerta y pedir amablemente que moderen el volumen, o es mejor llamar a la Policía para que intervenga?

En Medellín, esa duda razonable se ha transformado en una ruleta rusa. Pedir respeto hoy en día da miedo, y las razones sobran.

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Todos recordamos la tragedia de Gilberto de Jesús Alzate en el barrio Santa Cruz, a quien le quitaron la vida a puñaladas por el simple hecho de pedirle a la gente de al lado que le bajara a la música. O el drama de la familia de Isabel, que en 2023 tuvo que empacar sus pertenencias y desplazarse de Castilla tras recibir amenazas de muerte por denunciar a establecimientos ruidosos.

Existe un temor latente a ganarse un enemigo mortal o terminar en la lista de orden judicial por exigir algo tan elemental como el descanso; ese mismo silencio sagrado que se preserva en bibliotecas, museos e iglesias, pero que parece vedado para el hogar.

En redes sociales es común leer comentarios que asocian automáticamente el ruido desmedido con la pobreza.

En medio de un lenguaje despectivo, muchos señalan a barrios como Campo Valdés, Manrique, Castilla, Popular, Santa Cruz o Robledo —sin contar otros tantos rincones del Valle de Aburrá— como los únicos epicentros del descontrol.

Sin embargo, encasillar la bulla como un atributo de clase es un error simplista. La contaminación auditiva no es una cuestión de estrato socioeconómico, sino un síntoma de un profundo problema social y cultural; un reflejo de la falta de educación, de la ausencia de empatía y de la incapacidad colectiva para entender que los derechos individuales terminan donde empiezan los del vecino.

Las cifras demuestran que la crisis es generalizada e insostenible. Entre enero y abril de este año, la línea de emergencias 123 recibió 45.542 llamadas por perturbación o exceso de ruido.

Comunas como Doce de Octubre, Aranjuez, Manrique, Belén y Buenos Aires encabezan la lista de quejas de una ciudadanía hastiada y exhausta.

Ante este panorama, la discusión sobre el nuevo Plan de Ordenamiento Territorial (POT) de Medellín cobra una relevancia crítica.

Si bien el Concejo ha recibido aportes ciudadanos enfocados en frenar la contaminación acústica, la respuesta institucional no puede quedarse en intenciones. Se requieren estudios rigurosos y medidas concretas para incorporar la gestión del ruido urbano, lo que implica rediseñar los espacios públicos, fiscalizar con rigor los establecimientos comerciales y dotar a las autoridades de herramientas de control efectivas.

El silencio no puede seguir siendo un privilegio reservado para quienes pueden pagar una vivienda en sectores aislados o con aislamiento acústico. El descanso es salud, sanidad mental y convivencia armónica.

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