La organización y solidaridad de la comunidad, delatar los abusos y fortalecer las denuncias de los delitos son asuntos a los que les temen los combos y que pueden ser un remedio efectivo si la ciudadanía tiene el apoyo de las autoridades.
Sobre la facilidad para extorsionar a cualquier ciudadano, Álvaro* define que hay varias modalidades como la “llamada millonaria”, que se hace desde las cárceles con la ayuda de la delincuencia común que hace inteligencia en la calle y consigue la información de las víctimas.
Los presos se hacen pasar por comandantes guerrilleros o paramilitares y exigen el pago de ciertas sumas de dinero por no atentar contra la persona a la que llaman o contra su familia. “Esta modalidad es fácil de realizar porque la gente se caga del miedo y paga, pero si se rebelan, ganan y el que pierde es el delincuente. Con ese cuento empezaron los milicianos hace más de 35 años”, aclara Álvaro.
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Y a pesar de que se han endurecido las penas frente a la comisión del delito, Álvaro afirma que no les da miedo cometerlo puesto que no ha afectado su actividad ilegal y, por el contrario, cada día toma más auge entre los bandidos de la ciudad con diversas modalidades a través de internet, celulares, teléfonos fijos o públicos; y también oficinas de giros como las de Apuestas Gana, para no recibir la plata de una extorsión personalmente.
Otra debilidad social que los delincuentes encuentran en la lucha contra la extorsión es que la gente no denuncia. “Esa es la mejor arma, pero la gente no la utiliza. Aquí los combos duramos y somos caciques hasta que a la gente le dé la gana, lo que pasa es que no se han dado cuenta de eso. El día que la comunidad se pare en la raya, se nos acaba la vuelta. Si la gente denuncia y no vuelve a entregar plata, ahí no hay nada qué hacer. ¡Perdimos!”, revela con una sonrisa burlona Álvaro.
Insiste en que la comunidad es poco solidaria, porque si una persona denuncia, al vecino le da miedo, pero si una cuadra completa lo hace, “¡se cae la vuelta!”, asevera con convicción. Y refuerza diciendo: “Eso es peligroso para el combo, porque la misma gente sabe quiénes son, dónde están, cómo se mueven y qué hacen. Pero eso requiere de una reacción de inteligencia inmediata de las autoridades; es decir, de la policía. Debe ser una operación muy bien organizada entre la gente y las autoridades. Eso pasó cuando los milicianos estaban apoderados de los morros en las zonas periféricas de la ciudad. Si no es así, al combo le dan tiempo de organizarse, averiguar y matar o expulsar a los sapos del barrio o de la zona”.
Expone que ha sucedido que la gente se aburre y se cansa de los abusos, se envalentona y dice “no más”. “Si un grupo se descontrola en un sector y se aprovecha del poderío, la gente le pone precio a la cabeza del jefe del combo y los acaban”, dice Álvaro.
Álvaro confiesa que el miedo de un extorsionista es a que otro combo lo desplace de su zona de influencia o lo asesine para quedarse con su plaza de negocios. Y afirma que no le tiene miedo a las denuncias de la gente porque surten poco efecto. En los barrios las señoras no denuncian porque los hijos o familiares están metidos en los combos, o porque hay parceros de la infancia o del colegio y les da pesar hacerlos ‘encanar’. Por lo regular esas filiaciones ayudan a que se fortalezca el combo.
Comenta a manera de consejo que la extorsión existe en los barrios y en el centro de la ciudad porque la gente no sabe que es un delito fácil de acabar, y porque al gobierno le conviene por la plata que se mueve y por los problemas que hay. “Además todo el mundo sabe que eso pasa en los barrios y en el centro de la ciudad. Sabe el mayor de la policía, el comandante de la estación, el alcalde. Todo el mundo sabe que eso está pasando y saben en cuáles barrios y en cuáles cuadras se cobra ‘vacuna’, pero eso se volvió costumbre. Saben que todos los buses de Conducciones América y de Circular Coonatra pagan. ¡Pero eso es bueno para el delincuente porque no pasa nada!”, explica.
Dice que hay sectores en la ciudad donde no se paga extorsión, lugares en los que la gente se impone desde la primera vez y no ceden a las intimidaciones. Para el delincuente eso es una mala señal y prefiere dejar quieta a la gente porque no sabe en qué se está metiendo. “¡A los pelaos les da miedo! porque están fuera de su área de influencia o porque no conocen a la gente que allí vive. Uno sabe que es caída fija”, dice en tono discreto.
Las situaciones mencionadas ayudan al accionar de los combos con la extorsión y con otras rentas ilegales. Y él delincuente comenta que “eso dura hasta que también el Gobierno se ponga las pilas y acabe con todos los combos y que la Policía actúe de verdad. No se ha acabado o no se ha combatido como es, porque está la sirvengüenzura (sic) y la corrupción de la policía, porque si los patrulleros y los comandantes no fueran corruptos, la extorsión y las ‘vacunas’ se acabarían en la ciudad”, manifiesta con vehemencia Álvaro.
Explica también que la cadena de corrupción de las organizaciones delincuenciales contempla a jueces y fiscales que reciben plata para que los procesos judiciales contra los delincuentes no sean efectivos. Adicionalmente reprocha el sistema y dice que los que lo cambian son los políticos, los comandantes de policía, los jefes de las organizaciones criminales, los caciques de barrio, los integrantes de los actores armados, pero el sistema sigue igual.
A partir de su experiencia delictiva indica que los combos en los barrios le convienen a la Policía y al Gobierno. A la policía porque les dan sus ligas (sobornos en dinero en efectivo) y a las instituciones porque les permiten intervenir con obras civiles y sociales en los barrios. “Aunque a veces también tienen que dar su tajada, o sea que también los ‘vacunamos’”, reconoce Álvaro.
*Nombre ficticio por solicitud de la fuente.






