La espinosa discusión sobre la legalización de la marihuana en Colombia es una de las más relevantes y multifacéticas que actualmente enfrenta el país. Más allá de las posturas a favor o en contra, es necesario que este diálogo se sustente en datos sólidos y argumentos informados, no apasionados. Pero, como muchas incómodas conversaciones aplazadas, la de la «bareta» se aplaza por décadas.
La reciente marcha del 3 de mayo en Medellín ha sido un momento más para dar voz a las demandas de cambio y para que la ciudadanía paisa y la colombiana en general se cuestione el futuro deseado en un tema con claras aristas morales y políticas. La postura que en el futuro adopte Colombia tendrá un impacto significativo no solo a nivel nacional, sino también en nuestra región y, aunque un poco tarde, en el mundo.
Hace poco tuve una conversación sobre el uso y el abuso, sobre las posibilidades y los límites en el marco de la reciente marcha en un trayecto sobre la avenida La Playa y la Oriental, hasta La Alpujarra, un evento en el que yo nunca había estado; todo un carnaval, una humareda, o como dicen los expertos digitales actualmente: La propia nube… Y todo eso suena muy divertido, hasta que pasa la traba. Pero, todo esto tiene consecuencias en su casa y en la sociedad.
También pueden leer: Pronóstico del tiempo para hoy, sábado 24 de mayo de 2025
En 1994, la Corte Constitucional de Colombia despenalizó el porte de pequeñas cantidades de marihuana para uso personal, lo que abrió la puerta a un debate que ha oscilado por 30 años entre la tolerancia y la prohibición. Sin embargo, la producción y comercialización de marihuana siguen siendo ilegales, por toneladas, lo que ha generado un mercado negro y una serie de problemas asociados.
La legalización de la marihuana podría tener varias repercusiones sociales positivas, como la reducción de la violencia asociada al narcotráfico, la generación de ingresos para el Estado a través de impuestos y la posibilidad de regular la calidad del producto para proteger a los consumidores. Además, podría permitir una mayor libertad individual y reducir la carga en el sistema judicial. No obstante, uno observa gente que no solo tiene derecho a portarla y consumirla, también conducen vehículos irresponsablemente bajo la influencia, o lo prenden en cualquier parte. Medellín huele en la mañana a arepa quemada, y después del mediodía a marihuana.
Como casi todo lo que se adopta en nuestra cultura, a veces es demasiado tarde hasta para entender un negocio de oferta y demanda.






