Por estos días, el nombre de Iván Cepeda vuelve al centro del debate público, no tanto por propuestas de fondo, sino por declaraciones que reabren heridas y tensan el ya frágil clima político nacional. Su reciente señalamiento a Antioquia como “cuna de la narcoeconomía y la parapolítica” plantea una discusión necesaria sobre memoria histórica, pero también evidencia los riesgos de caer en la estigmatización colectiva.
Porque una cosa es reconocer el pasado —doloroso, complejo y aún en construcción— y otra muy distinta es reducir una región entera a sus capítulos más oscuros.
Antioquia, como muchas zonas del país, ha sido escenario de profundas contradicciones: violencia, sí, pero también resiliencia institucional, avances judiciales y procesos de reparación que no pueden ser borrados por una frase de alto impacto político.
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El problema de fondo no es solo lo que se dice, sino cómo y para qué se dice.
Cuando un líder que se presenta como defensor de derechos humanos adopta un lenguaje que generaliza y polariza, deja abierta la sospecha de que su discurso responde menos a la búsqueda de verdad y más a una narrativa de confrontación. En ese sentido, la línea entre memoria y revancha se vuelve peligrosamente difusa.
Más inquietante aún es la insistencia en una eventual Constituyente. En un contexto institucional delicado, esta propuesta no parece orientada a ampliar la participación ciudadana, sino a ejercer presión sobre el Congreso y las altas cortes.
Mientras el debate se centra en estos choques discursivos, los problemas urgentes del país siguen esperando respuestas: la inseguridad creciente, el estancamiento del empleo, las brechas en educación y los desafíos del desarrollo económico. En ese terreno, el silencio o la vaguedad pesan más que cualquier declaración altisonante.
Antioquia no necesita ser defendida desde la negación de su historia, pero tampoco merece ser reducida a ella. El país, por su parte, necesita liderazgos que construyan sobre la complejidad, no que la simplifiquen en función de agendas políticas.
Colombia no puede seguir atrapada entre el pasado que duele y el presente que no avanza.




