¿Cuál progresismo?

Por: John Alexander Rodríguez López - Comunicador Social, Periodista - jhonzio@gmail.com

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Por estos días, en Colombia, el discurso del progresismo parece haber entrado en una zona de confusión preocupante. Bajo el liderazgo del presidente Gustavo Petro, quien llegó al poder con la promesa de representar un cambio profundo, incluyente y respetuoso de los derechos humanos, surgen preguntas incómodas que no pueden seguir evadiéndose.

Pero, ¿cuál progresismo?

¿El que se burla de las personas gay con expresiones como “collares y lentejuelas”? Un lenguaje que, lejos de construir una sociedad más diversa y respetuosa, revive estigmas que durante años han sido combatidos precisamente por los sectores que hoy dicen abanderar la inclusión.

¿O el progresismo que protege a denunciados por maltrato, acoso sexual o abuso laboral? Porque no basta con proclamarse defensor de las causas sociales si, al momento de actuar, se minimizan o se encubren comportamientos que contradicen esos principios. La coherencia no es un lujo en la política: es una obligación.

En contexto: Por presunto acoso laboral: Mujeres del Pacto Histórico solicitan la destitución de Hollman Morris

También cabe preguntarse si este es el progresismo que revictimiza. El que, en medio del dolor de una familia que ha perdido a un niño, opta por señalar, por insinuar responsabilidades, por trasladar culpas, en lugar de acompañar, investigar con rigor y garantizar justicia. Porque no hay nada más distante de una visión progresista que la indiferencia frente al sufrimiento humano.

Y en ese escenario, surge otra inquietud de fondo: si este es el camino, ¿qué representa entonces su continuidad? La figura de Iván Cepeda, vista por muchos como candidato presidencial de ese mismo proyecto político, encarna esa pregunta. ¿Se trata de una oportunidad para corregir el rumbo o de la consolidación de las mismas contradicciones?

El progresismo, en su esencia, debería ser una apuesta ética antes que ideológica. Debería implicar respeto, empatía, justicia y, sobre todo, responsabilidad con la palabra y con el poder. No puede convertirse en una etiqueta que se usa según la conveniencia del momento, mientras en la práctica se reproducen las mismas lógicas que históricamente se han criticado.

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