Fue tanta mi emoción al escuchar Las Cantigas de Santa María que me dejó el tren.
Por mucho que corrí para llegar a tiempo a la estación, no lo alcancé. Al principio me puse nervioso por el intempestivo cambio de planes, porque era el último de la noche y no tenía conmigo el cargador del móvil. Pero encontré la solución al salir de la estación. Tomé el mismo taxi en el que había bajado a cambiar mi tiquete y le pregunté a la dama si conocía un lugar donde hospedarme. Ella, muy diligente, me llevó. Así fue mi primera noche en El Escorial. No en un sitio que me permitiera disfrutar su encanto real en bella compañía, pero sí disfruté del clima mientras veía el horizonte desde el balcón de mi habitación. Fue un regalo, sin duda. Una insólita madrugada escurialense.
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A la mañana siguiente tomé el segundo tren a Ávila, donde me esperaba Diego. Al abrir la puerta me recibió con un abrazo y una sonrisa cómplice, como si supiera cada paso de lo acontecido. No es gratuito que nuestro querido Álvaro Mutis lo haya nombrado “Tutor del Gaviero”. Preparé mi equipaje y me acompañó a la estación. Allí le conté que ya tenía el nombre de mi personaje en la ficción. Le brillaron los ojos y nos dimos otro abrazo, con la esperanza de volver a vernos pronto.
La ventana del tren me permitió disfrutar el paisaje castellano con sus ríos, campos de olivos, piedras antiguas, las eras secas del verano y el heno recién cortado. Llegué sobre las 2 pm a la ciudad que, según los griegos, es “tierra de adivinación”. Tomé un taxi y le pedí que me llevara a mi hotel en la calle de la Compañía, esquina Doctrinos. Llegué con calor, subí a la habitación, encendí el aire acondicionado, tomé una ducha y me dispuse a hacer una siesta. Me soñé en otro tiempo.
Al despertar, sobre las 4.30, me vestí para descubrir lo que la ciudad tenía para mí. La Plaza Mayor me enamoró a primera vista. Sus arcadas, faroles y bancas me capturaron para siempre. Como a un estudiante. Fue construida entre 1729 y 1756, en pleno barroco. El acogedor diseño es del arquitecto Alberto Churriguera y fue continuada por otros colegas suyos, con pocas modificaciones respecto al proyecto inicial. A comienzos del XIX sufrió diversas remodelaciones hasta que, a mediados del XX, fue desprovista de sus jardines, quiosco de música y urinarios públicos. Don Miguel de Unamuno, dos veces rector de la Universidad de Salamanca, definió su Plaza Mayor como “un cuadrilátero irregular, pero asombrosamente armónico”. A las 5 de la tarde me senté en una mesa del legendario Café Novelty, con ganas de mitigar el hambre y la sed. Fundado en mayo de 1905, el Novelty es el más antiguo de Salamanca y se cuenta entre los 10 más antiguos de España. Ordené una copa de vino tinto y huevos rotos con patatas y jamón ibérico.
Desde sus orígenes ha sido un enclave fundamental de la vida social, política y cultural de la ciudad. Por sus mesas han pasado personajes ilustres del mundo y es referente como lugar de encuentro, tertulia y ocio. Es un café emblemático, en él y sobre él se han escrito infinidad de artículos, reseñas y novelas. La lista de los escritores que lo han frecuentado es muy larga. Uno de sus asiduos más ilustres, el profesor y escritor Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999), tiene una estatua de bronce en su rincón favorito del salón, junto a la entrada. Don Miguel de Unamuno hizo del Novelty su tertulia diaria. Centenares han dejado su impronta en este lugar de leyenda: Mario Vargas Llosa, Carmen Martín Gaite, Guillermo Cabrera Infante, Víctor García de la Concha, Jorge Volpi y muchos otros escritores, artistas, políticos y todo tipo de gentes que han sido atraídos por su fama y hospitalidad.
Desde el Novelty le envié una foto al poeta y narrador Fernando Díaz Sanmiguel, mi profesor del Máster de Escritura Creativa en la Universidad de Salamanca. No hubo necesidad de decirle dónde estaba y me llamó para proponerme un breve encuentro de bienvenida. Acepté con gusto y me quedé en la Plaza Mayor. Anduve por el bello entorno imaginándome sumergido en las delicias de La Marquesa Brava, la confitería Santa Lucía, El antojo de la plaza, el Mesón Cervantes, el Zarauz, Las Tapas de Gonzalo, el Nero, el Bico de Xeado, el Abadía Plaza, Las Torres… y volví al Novelty, lugar acordado para el encuentro. Una voz de otro siglo me susurraba: “Estás en Salamanca, que es llamada en todo el mundo Madre de las Ciencias, Archivo de las Habilidades, Tesorera de los Buenos Ingenios…”.
Alrededor de las 8.15 de la tarde nos dimos el primer abrazo y salimos a caminar. Me llevó al monumento al poeta Remigio González Martín “Adares”, obra de Agustín Casillas, situado en la plaza del Corrillo. Tomamos la Rúa Mayor, nos hicimos una foto para los compañeros del Máster y luego la Rúa Antigua hasta llegar a la Casa de Las Conchas, frente a La Clerecía. La idea del poeta era mostrarme la Biblioteca Pública de Salamanca, pero la encontramos cerrada. El patio de Las Conchas me fascinó y pude fisgonear por una hendija el interior de la Biblioteca. A las 8.35 me tomó una foto en las escalinatas del Palacio de Anaya, cerca de unas jóvenes musas del verano. Levanté la mirada y allí estaba La Catedral, con su inacabable atavismo, esperándome sin prisa ni medida. Díaz Sanmiguel me condujo al Bar de Las Caballerizas, como en su época de estudiante. ¡El narrador tiene una historia personal para cada rincón de Salamanca! Nos despedimos con la promesa de vernos al otro día, no sin antes indicarme cómo llegar a la fachada histórica de la Universidad. Anduve solo, bajo la luz del poniente, como en un deja vú, recorriendo callejuelas, plazas, monumentos y viendo “gente moza, antojadiza, arrojada, libre, aficionada, gastadora y discreta…” hasta que me vi a los pies de Fray Luis de León y a través de una rana me fue revelado el destino.





