Mi viaje de vuelta a España fue en el verano de 2016. La invitación fue hecha por el pintor Diego Velázquez, de cuya obra había dicho era la principal motivación para volver al Reino, tras varios siglos de errancia de mi sangre ibérica por las tierras de América. La escena ocurrió, un año antes, mientras dirigía mi primer largometraje y usaba como oráculo un libro sobre el artista sevillano. El actor Jorge Herrera y el productor Ricky Pinilla fueron mis cómplices testigos.
En aquel entonces, mi guía espiritual en la península había sido el poeta español y peruano Diego Valverde Villena a quien había conocido en 2010 a bordo de una pequeña embarcación sobre el Magdalena, en cercanías al puerto de Barranquilla. Ya habían pasado cinco años desde aquella primera visita a Madrid en la que, por sugerencia del poeta, también conocí Toledo y El Escorial, durante la inolvidable semana previa a un viaje al Reino Unido que contaré en otro momento. Todos estos recuerdos iban conmigo en aquel tren del ocaso, rumbo a “Ávila de los Caballeros”.
Viajar en tren es uno de los tantos placeres disponibles cuando peregrinamos por el Reino. Ir sentado cómodamente, con una gran ventana, es un espacio adecuado para el disfrute visual. Pasé por la estación de El Escorial y una avalancha de imágenes vinieron a saludarme. Para decirme que estaban intactas, como las pinturas de la Basílica. Les prometí volver muy pronto. En mi primera entrada a Castilla y León, me llamó la atención la delgada figura de un anciano sentado en una enorme piedra, como pastoreando a sus ovejas, como posando ante un pintor, como observando las luces nacientes, como esperando el paso de este vagón, de este viajero. Le agradecí.
Ya era noche cerrada cuando descendí del tren y salí de la estación. Allí estaba mi hermano Diego, de sombrero blanco, americana azul oscuro y pantalón color arena. Nos dimos un fuerte abrazo, tras cinco años de no vernos, y echamos a andar. En el camino había poca gente. “Es un lugar tranquilo”, pensé. Me gustó el clima, segunda diferencia con el ardiente verano de la capital. La emoción no me cabía en el pecho. Con cada comentario del autor de “El difícil ejercicio del olvido” y siete poemarios más, iba creciendo mi expectativa sobre lo que me otorgaría esta milenaria ciudad de fundación romana. Llegamos a su piso en la Avenida de Madrid, me enseñó la que sería mi habitación, mi baño y me dio algunas instrucciones para una tranquila estancia. Mientras me instalaba me fijé en que mi cama estaba apoyada sobre libros y que en todas las paredes del piso había libros y más libros. Algo apenas natural en la vida de un hombre entregado por completo a las letras, tanto españolas como universales. En la cocina, el poeta tenía dispuesta una tabla de estupendo queso castellano, deleitosa olivada y un cava a la justa temperatura. Al finalizar la botella, tomé una refrescante ducha y cambié mi ropa. Diego me esperó en el estudio, donde tenía dispuesto un litro y medio de ginebra, otro de tónica y dos grandes copas con 3 cubos de hielo cada una. La mía con la base azul y la suya, verde. Por supuesto.
El primer gin-tonic lo despachamos a la una y cuarto de la noche. Estuvimos navegando en aguas británicas durante casi dos horas. Leímos algunos poemas, nos pusimos al día sobre nuestros amigos en común y evocamos al Gaviero. Solo entonces nos sentimos listos para recorrer la ciudad de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Lo primero que visitamos fue la fachada de la Basílica de los Santos Hermanos Mártires, Vicente, Sabina y Cristeta, más conocida como Basílica de San Vicente; bello templo románico que es el de mayor importancia de la ciudad después de la Catedral del Salvador y una de las obras más destacadas de este estilo arquitectónico en todo el Reino. Ya estaba listo para dar el siguiente paso.
La muralla de Ávila del Rey es una cerca militar románica que rodea el casco antiguo de la ciudad y es su símbolo universal y monumento más destacado; su importancia radica en ser el recinto amurallado medieval mejor conservado de España y probablemente de toda Europa. Atravesamos la muralla por debajo para llegar al Verraco de las Cogotas, escultura de piedra con forma de cerdo reproductor procedente de la Edad de Hierro. Visitamos la fachada de la Catedral de Cristo Salvador, sede episcopal del mismo nombre, en Castilla y León que fuera proyectada como templo y fortaleza, siendo su ábside uno de los cubos de la impresionante muralla. La Catedral está rodeada de varias casas o palacios señoriales, siendo los más importantes el de los Velada, el del Rey Niño y el de Valderrábanos. Desde el año 1985 la ciudad antigua de Ávila, su muralla y las iglesias extramuros de San Vicente, San Pedro, San Andrés y San Segundo son consideradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
También le puede interesar: ¿Sabe inglés y le gustaría trabajar en Catar? Esta oportunidad laboral es para usted
Sobre las cuatro de la madrugada nos metimos en el laberinto de la poesía mística española, encarnada en dos arquetipos del oficio: Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada (1515-1582) y Juan de Yepes Álvarez (1542-1591). A Santa Teresa de Ávila la ciudad le dedica varios monumentos, la plaza principal, una casa museo y algunos de sus versos, como el implacable “Todo se pasa, solo Dios basta”. Me impresionó encontrarme en el piso con una réplica de las huellas de la monja. También me alegró ver en el suelo una vieira, símbolo del Camino de Santiago. “Buena señal”, pensé al hacerle una foto. Faltando un cuarto para las cinco del amanecer llegamos al monumento a San Juan de La Cruz, patrono de los poetas.
Es una escultura en bronce, descalzo sobre un pedestal, en una actitud de oración con las palmas de las manos juntas sosteniendo una cruz. Fue realizada en 1962 por el escultor Emilio Laiz Campos (1917-1983) y se encuentra en la Plaza Corral de las Campanas. Fue la cumbre de la noche oscura. Guardamos silencio ante la imagen que, a esa hora más que a ninguna otra, parecía estar cantando las alabanzas del alba.




