Quien aturde con el altavoz de su dispositivo no siempre tiene mala intención, solo tiene mala educación. Comer o hablar por o sin teléfono sin filtro es una bandera amarilla que ya no solo se ondea en salas de espera, transporte, restaurantes, parques y aviones, sino que ha invadido la intimidad del hogar. Es insoportable y desconsiderado.
«La gente lo hace para pasar el rato o porque no se dan cuenta de que el volumen es molesto», dijo Diane Gottsman de Mannersmith Etiquette Consulting, una empresa fundada en 1996 que promueve la educación y la formación en relación con las normas de etiqueta actuales, que están en constante evolución. «Pero cuando estás a centímetros de otra persona, incluso los ruidos más bajos se amplifican».
Incluso puede haber razones comprensibles para este comportamiento. Alguien con problemas de audición puede no darse cuenta del volumen de su dispositivo o puede estar experimentando problemas técnicos. Aun así, a menos que sea una emergencia, lo cortés es esperar a escuchar el audio en privado.
«Por supuesto, usar auriculares y subtítulos es una opción razonable», agrega Diane. Y aunque hacer ruidos fuertes parezca un comportamiento moderno, no es del todo nuevo. «Obligar a desconocidos a ser tu público involuntario ha sido un problema que ha afectado a la humanidad desde el principio de los tiempos», explica Nick Leighton, un experto en etiqueta y presentador del pódcast «¿Fuiste Criado por Lobos?», quien señala que los métodos y las normas han cambiado con el paso de las décadas.
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«En los años 80, ser DJ para la gente de tu entorno era lo normal, la persona con la grabadora gigante ponía la música para que todos los que estuvieran cerca pudieran disfrutarla, pero los tiempos cambian y casi todo el mundo puede escuchar lo que le gusta en casi cualquier lugar, siempre que lleve auriculares», tal vez no ha visitado las playas colombianas estos recientes años.
Jodi R.R. Smith, presidenta de Mannersmith Etiquette Consulting, coincidió en una publicación del Huffington Post, enfatizando que el ruido es «inequívocamente vulgar». La suposición de que todos quieren escuchar lo que uno está escuchando es simplemente inaceptable, esto es aún más cierto si los demás no pueden alejarse de uno, ya sea en el trabajo, en un ascensor, en el transporte público, etc».
En esos espacios reducidos, lo que para uno puede parecer un volumen bajo o moderado, puede resultar molesto para alguien sentado a pocos centímetros. «Ya sea que la distracción sea visual o sonora, cuando alguien invade el espacio personal de otra persona no es fácil apartar la mirada e ignorarlo», explica Diane Gottsman, autora de «Etiqueta moderna para una vida mejor» y fundadora de The Protocol School of Texas. Piénsalo así: si un niño lo hiciera en un espacio público, en un lugar cerrado o en un restaurante, los demás se molestarían y culparían a los padres por no corregir su comportamiento. Cuando un adulto hace lo mismo, es importante que se adapte y sea respetuoso con los demás. Cuando menos considerado, es lo que uno espera en una urbanidad moderna.
Los niños podrían ser más tolerantes con este comportamiento porque no están tan familiarizados con las normas sociales, pero para los adultos, que deberían entenderlo mejor, es simplemente una falta de respeto. Y dependiendo del lugar, incluso podría acarrear sanciones legales, como la reciente advertencia de una aerolínea de vetar a usuarios por mal uso de sus dispositivos.
De hecho, quienes hacen ruidos fuertes no necesariamente tienen malas intenciones y a veces ni siquiera se dan cuenta.
«La gente lo hace para pasar el rato o porque no se dan cuenta de que el volumen es molesto», dijo Gottsman. «Pero cuando estás a centímetros de otra persona, incluso los ruidos más bajos se amplifican» y en Colombia el Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana (Ley 1801 de 2016) regula el ruido, principalmente a través de su Artículo 33, el cual prohíbe comportamientos que afecten la tranquilidad de las personas.




