Hasta cuando resultará efectivo dentro de la opinión pública el esfuerzo, libreteado muy seguramente por el Rasputin del régimen, de poner al presidente de la república a realizar actuaciones que hasta el 7 de agosto le fueron por tradición y por ley encargadas a los alcaldes, secretarios de seguridad y, en el añejo pasado, a los inspectores de policía.
Ver al primer mandatario, pistola al cinto y traje civil kaki, al mando de las batidas contra las delincuencias que se han apoderado de zonas especificas de las grandes ciudades fue novedoso en primera instancia. Y, por supuesto, entusiasmante y satisfactorio para tantos compatriotas que desesperados por la inseguridad cifraron sus esperanzas en que Abelardo le pondría coto a ese estado de cosas.
Pero, pasados 80 dias de su instauración en la arena de la Santiago de Cali, verlo cada semana repitiendo el mismo libreto le hace pensar muchas cosas al ciudadano común, por pendejo que sea, sembrándole la idea de que Abelardo está machacándole a la policía y a los alcaldes de las capitales el que no hayan sido capaces de hacerlo. Y si se supiera un poquito más y se verifica que esas batidas comandadas por el presidente se hacen sobre las tradicionales ollas de la delincuencia urbana, censadas y exprimidas una y otra vez por los sistemas de inteligencia policial, el asunto comienza a oler a película repetida.
Y ni que decir de esos dramones de telenovela turca donde el presidente aparece con su radio de traqueto comunicándose con un general para darle ordenes de comenzar el operativo de bombardeo a los anticuados campamentos de los ejércitos que cuidan y defienden las explotaciones de coca y oro y que para no contrariar a Juan Manuel Santos los sigue llamando disidencias.
Unas y otras son tramoya demasiado impostadas y que repetidas una y otra vez pierden efecto y le quitan valor al ímpetu presidencial.





