Musa toledana

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Desayuné al mediodía en “El tirador”, restaurante contiguo al Hotel Real.

A la una pasé por la Iglesia de los Jesuitas para rendirle tributo a San Ignacio de Loyola, en su día y en su Capilla. Caminando como quien no va a ninguna parte me topé con la derruida puerta de La Taberna de Garcilaso y le hice una foto, imaginando todo lo que ocurrió en ese sitio antes de que cerrara. Cuántas tertulias, cuántos encuentros, cuántas tardes y noches iban rumbo del olvido.

En la judería tuve la sensación de haber vivido antes allí. No solo porque me encontré una de las plazuelas que visité en mi primer viaje a la milenaria ciudad, sino porque alguna de las vidas de mi árbol genealógico tuvo que andar por estos lares. Es muy probable que uno de mis ancestros haya sido un Álvarez de Toledo. Ingresé a la emblemática Iglesia de Santo Tomé y fui recibido por la Virgen de la Sonrisa, precioso ejemplar de Virgen gótica de ojos almendrados y amplia sonrisa que mira al Niño mientras éste la acaricia la barbilla con entrañable ternura.

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La primera noticia que tenemos de la existencia de esta Parroquia es del año 1142. Hablar de Santo Tomé es hacerlo del Greco y una de sus más importantes obras. Titulada “El entierro del Señor de Orgaz”, para muchos se trata de la pintura más influyente de la historia universal. ¿Y quién era este enigmático personaje? Don Gonzalo Ruiz de Toledo, notario mayor de Castilla y señor de la villa de Orgaz, destacó por sus generosas obras de caridad, contribuyendo a la reconstrucción de iglesias como ésta, San Justo y San Bartolomé y construyó a sus expensas la iglesia de San Esteban del convento de los agustinos. El Conde ordenó en su testamento la donación anual a esta iglesia de 2 carneros, 2 pellejos de vino, 2 cargas de leña, 16 gallinas y 800 maravedíes para sostenimiento de los sacerdotes y los pobres de la parroquia, que debían recaudarse entre los habitantes de su señorío de Orgaz. También dejó ordenado ser enterrado en esta iglesia en el lugar más humilde: la última de las capillas de la nave de la epístola. Como las obras no habían terminado el 9 de diciembre de 1323, lo sepultaron temporalmente en la vecina iglesia de San Esteban. Cuatro años después, en 1327, fue trasladado el cuerpo a la actual capilla y cuentan los admirados asistentes que, mientras se celebraba la liturgia de difuntos, todos reconocieron al mismo san Agustín y al joven diácono san Esteban, quienes se presentaron en la iglesia y con sus propias manos lo depositaron en el sepulcro, como premio a su vida de caridad, al tiempo que decían: “tal galardón recibe quien a Dios y a sus santos sirve”. El milagro fue oficialmente reconocido en 1583, y el párroco Don Andrés Núñez de Madrid quiso dejar testimonio imperecedero encargando un lienzo que presidiera la recién remodelada capilla del señor de Orgaz. Para ello se sirvió del mejor pintor que por aquel entonces había en la ciudad: Doménikos Theotokópoulos, más conocido por sus conciudadanos con el sobrenombre de El Greco.

Doménikos estudió pintura en Creta, su isla natal, convirtiéndose en pintor de íconos. Trabajó en Venecia, en el taller de Tiziano, y en Roma, estudiando las obras de Miguel Ángel. Finalmente se estableció en Toledo en 1577. Su vida, llena de orgullo e independencia, siempre tendió al afianzamiento de su particular y extraño estilo, evitando cuidadosamente las imitaciones. Un contemporáneo lo definió como “un hombre de hábitos e ideas excéntricos, tremenda determinación, extraordinaria reticencia y extrema devoción”. El 15 de Marzo de 1586 se firmó el acuerdo en que se fijaba de forma muy precisa la iconografía de la zona inferior del lienzo. El pago se haría tras una tasación, debiendo acabarse la pintura para Navidad de ese año. Pero el trabajo se alargó por más tiempo, entregándose en primavera de 1588 y costó 1.200 ducados. El Greco siguió las indicaciones dadas por Don Andrés, pero el cretense se sirvió de su vasto conocimiento de la tradición iconográfica oriental para transmitir su propia visión sobre los grandes temas que integran el cuadro. El Arte al servicio de un genio y el genio al servicio de la fe.

A medio camino entre el Cielo y la Tierra encontramos a un ángel que transporta en sus manos una especie de feto o crisálida, símbolo del alma del Señor de Orgaz, que está entrando a través de unas nubes que asemejan un útero materno. De este modo la muerte se nos presenta no como un final sino como un principio, un nacimiento a la vida eterna. La muerte es un parto a la otra vida. Una visión esperanzadora y cargada de fe. Así mismo, la composición del cuadro hace pensar que se estuviera relatando pictóricamente el oficio de difuntos, en el que hay un salmo que reza: “al Paraíso te lleven los ángeles, a tu llegada te reciban los mártires”. Nuestro Señor Jesucristo aparece como Juez del alma que llega. Destaca la serenidad de su rostro, su paz, que nos hace pensar en un juicio donde la misericordia tendrá un papel principal en el veredicto. La Virgen María y San Juan Bautista intervienen como abogados defensores del alma. Jesucristo con su mano indica a San Pedro, a su derecha, acompañado por San Juan Evangelista, que le abra las puertas del Cielo al alma de su siervo fiel. El tratamiento del juicio como de la muerte carece de temor y tristeza. La esperanza es la tónica dominante. El cuadro transmite tranquilidad y paz.

Antes de las 2 ya estaba en el Museo Sefardita, donde tuve una epifanía con mi sangre hebrea. Bien sabemos que todos los cristianos tenemos orígenes hebraicos, pero en ningún otro lugar uno puede vivirlo tan claramente como en este Museo, al que asistí por recomendación de un amigo barranquillero de origen judío. Y se lo agradeceré toda la vida porque sentí una conexión especial con el pueblo atávico. El Escudo de David, la Menorá, plumas, ánforas, monedas y vajillas de la colección me hicieron viajar en el tiempo hasta hacerme derramar una lágrima en el patio de la memoria. A las 3 fui a tomar aire a un parque cercano que me condujo a apreciar unas fascinantes vistas del Tajo que solo en Toledo son posibles. Mi rostro en los autorretratos que me hice ya no era el mismo. Estaba tocado por otras certezas. Almorcé carcamusas en “La Maruja”, acompañadas de una cerveza, “El Águila”.

A las 5 de la tarde ingresé en la que fuera sinagoga mayor de Toledo, hoy Santa María la Blanca, uno de los íconos de la imprescindible ciudad. Su bosque de columnas blancas es desde hace siglos un símbolo de identidad y de la historia de los judíos. Santa María la Blanca nos transporta a otra época porque es un remanso de silencio en el ruidoso mundo del presente. Quien entra a este edificio vuelve a ser sefardí porque la exquisita conservación del monumento permite contemplar el edificio tal y como se concibió siglos atrás. El jardín que rodea los muros de la antigua sinagoga nos regala un alto en el camino. Un novedoso sistema de iluminación permite que disfrutemos de esta joya como nunca se había hecho. Aquí, en Santa María la Blanca, recibí una videollamada familiar.

Eran las 5.33 cuando crucé la puerta de madera del Museo del Greco, por invitación del propio pintor. La historia del Museo se remonta a 1905, cuando el Marqués de la Vega-Inclán compró unas casas arruinadas cercanas a la Sinagoga del Tránsito, con la intención de recuperar un ámbito característico del Toledo del siglo XVI y convertirlo en una recreación de lo que pudo haber sido la casa del Greco. Lo que en realidad adquirió Vega-Inclán fueron las llamadas casas de la Duquesa de Arjona, muy cercanas al antiguo solar propiedad del Marqués de Villena donde había vivido en realidad el Greco. Tras la restauración, el edificio quedó dividido en dos partes: una recreación de la casa del Greco en torno al patio toledano, y la parte del Museo, de nueva construcción. En 1925 se construyó la capilla en la zona del Museo para colocar el artesonado y contextualizar el retablo de San Bernardino. Mientras vivió el Marqués, el Museo fue de titularidad estatal, pero la casa continuó siendo propiedad suya hasta 1942, cuando murió y legó al Estado el edificio, así como todos los objetos contenidos en él. Lo que más me gustó de la colección fue la Sala del Apostolado, porque el artista logró lo que se propuso: hacer dialogar al espectador con cada uno de los apóstoles. Uno acaba viendo a Jesús como alguien muy cercano y amigo. Y así es.

Poco después de las 6.30 ya estaba en la Capilla, agradeciendo al Dios del Arte, que es el mismo Dios del Amor, Uno y Trino. Sin saber que la Providencia Divina me tenía allí mismo reservada una Musa. Las circunstancias del magnífico encuentro serán desarrolladas en una novela que comenzó a escribirse aquella tercera noche toledana, gracias al predicador y misionero franciscano San Bernardino de Siena. Lo que me es permitido contar hasta aquí es que, a las siete de la tarde, el jardín era una fiesta de luces, hojas y flores. Y yo, con una sonrisa en el alma, me guardé una.

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John Alexander Rodríguez
John Alexander Rodríguezhttp://elmetroco.wordpress.com
Comunicador Social - Periodista de la ciudad de Medellín con más de 20 años de experiencia. Amante de la buena música, deeejay los fines de semana y emprendedor.
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