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Medellín y el peligroso ritual de glorificar al crimen

Por: John Alexander Rodríguez López - Comunicador Social, Periodista - jhonzio@gmail.com

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La escena se repitió una y otra vez en redes sociales: motocicletas escoltando un féretro, música a todo volumen, papelillos blancos, una alfombra roja extendida en plena vía pública y un barrio de Medellín actuando como si estuviera despidiendo a un héroe.

Pero no era un líder comunitario, un artista ni un deportista. El homenaje era para un hombre de 25 años señalado por las autoridades de ser un fletero reconocido: Jefferson Alexis Cano Gómez, alias Chom o Botija.

Lo que debería haber sido una despedida íntima y discreta terminó convertido en un espectáculo que dejó a Medellín entre la indignación, el desconcierto y un inevitable cuestionamiento colectivo: ¿en qué momento comenzamos a romantizar lo que tanto daño nos ha hecho?

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Una despedida que incomoda a una ciudad cansada

El homenaje incluyó una extensa alborada, músicos en vivo y una caravana que recorrió buena parte del nororiente de la ciudad. En Manrique —el mismo sector donde Cano era conocido como el “fletero de fleteros”— el cortejo fúnebre avanzó entre aplausos y celebraciones que parecían ignorar el trasfondo del personaje homenajeado.

La polémica se desató no solo por el tamaño del tributo, sino por lo que este simboliza en una ciudad que todavía lucha contra estigmas históricos.

Medellín ha dedicado décadas a romper la narrativa que la encasilló como capital del crimen, y por eso actos como este resultan tan dolorosos y desconcertantes.

No se trata de negar el derecho al duelo de una familia; ese es sagrado. El problema es otro: la puesta en escena que convierte al delincuente en ícono, un gesto que envía un mensaje distorsionado, especialmente a los más jóvenes.

Cuando la cultura narco se filtra en lo cotidiano

Que un hombre señalado por hurto violento reciba un homenaje comparable al de un artista popular revela una realidad incómoda: la cultura narco sigue profundamente incrustada en algunos territorios, normalizada al punto de convertirse en estética, en identidad y en —peor aún— aspiración.

El caso de Chom no es aislado. De vez en cuando, Medellín observa cómo ciertos sectores organizan despedidas fastuosas para figuras vinculadas al crimen, replicando gestos que en el pasado se asociaron con jefes mafiosos. Hoy, esa teatralidad persiste, solo que aplicada a delincuentes menores que terminan convertidos en símbolos de “respeto” o “estatus”.

Ese fenómeno no surge por casualidad; se alimenta de vacíos estatales, pobreza, falta de oportunidades y, sobre todo, de la construcción de referentes distorsionados.

Cuando la figura del delincuente se celebra más que la del estudiante, el deportista o el trabajador comunitario, toda la sociedad pierde.

El problema no es el duelo, es la exaltación

La muerte de Chom ocurrió tras un intento de hurto que terminó en intercambio de disparos, según el reporte policial. Su cómplice, la víctima y las autoridades hicieron parte de un episodio lamentable que refleja los riesgos y consecuencias del delito.

Es comprensible que sus familiares lloren su partida; es lo humano. Pero otra cosa es convertirlo en protagonista de un homenaje multitudinario que, lejos de honrar la vida, termina legitimando el camino que lo llevó a ella a truncarse.

No es moralismo: es sentido común. No se puede exigir seguridad mientras se aplaude —aunque sea simbólicamente— el accionar de quienes contribuyen a insegurizar la ciudad.

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