Medellín sigue siendo el pueblo más grande de Colombia

Por: John Alexander Rodríguez López - Comunicador Social, Periodista - jhonzio@gmail.com

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Decir que Medellín es un pueblo suele sonar a provocación. Pero, si somos honestos, algo de verdad hay en esa frase. No en el sentido peyorativo que algunos imaginan, sino en el más humano y cotidiano: aquí todavía nos comportamos como pueblerinos.

No nos colamos en el metro; si alguien no tiene pasaje, aparecen tarjetas solidarias; regañamos cuando alguien daña un bien público; explicamos direcciones sin afán y, muchas veces, hasta acompañamos. Pueblo al fin y al cabo… y qué orgullo.

Ese “pueblerinismo” no es atraso: es tejido social. Es una ética compartida que no se decreta desde un escritorio, sino que se aprende en la casa, en el barrio, en la esquina. Y quizá por eso Medellín ha logrado lo que ha logrado: crecer sin perder del todo la cercanía, modernizarse sin romper completamente el vínculo entre desconocidos.

Con el departamento de Antioquia pasa algo parecido a lo que ocurre con Estados Unidos en el escenario global, guardando las proporciones. Es de las regiones más atacadas y criticadas, pero —curiosamente— una de las más deseadas para vivir.

¿Contradicción? No tanto. En el fondo, muchas de esas críticas esconden envidia: de sus mujeres, de sus paisajes, de su clima, de su empuje, de su capacidad de levantarse una y otra vez, de su desarrollo.

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No se trata de decir que Antioquia sea “mejor” por una cuestión estética o de superioridad moral. Se trata de reconocer un hecho incómodo para algunos: directa o indirectamente, gran parte de Colombia vive y sobrevive gracias al trabajo y al empuje paisa.

Antioquia, junto con Bogotá, sostiene buena parte de la administración de este “edificio” llamado país. Sin ese motor económico, el panorama nacional sería mucho más precario. No es soberbia; es estructura.

De ahí que la frustración sea comprensible. Una ciudad fundada por campesinos, en un valle recóndito, terminó opacando y alcanzando una relevancia internacional que la capital —con todas sus ventajas, recursos y centralismo— no logró en la misma medida.

Medellín no tenía el privilegio del poder político, pero sí algo igual de poderoso: resiliencia. La resiliencia de la montaña, del trabajo constante, de la comunidad que no espera a que todo se lo den hecho.

Al final, tal vez Medellín sí sea un pueblo. Un pueblo grande, complejo, contradictorio, pero con memoria y carácter. Un pueblo que entendió que el progreso no está reñido con la solidaridad, y que la modernidad no tiene por qué borrar las buenas costumbres.

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