A los extranjeros que quieren vivir en Colombia, pero se molestan con nuestra manera de vivir siempre les digo: “sencillo, solo decida qué quiere, frío y orden o calor y desorden”. Así de fácil es la cuestión, si usted quiere el orden de los canadienses o alemanes, solo debe vivir allá, con sus estaciones y el hielo aterrador. De lo contrario, si quiere disfrutar de este clima tropical y el mango o el maracuyá al alcance de la mano, pues acepte el desorden de nuestro país, sus largas filas para obtener un medicamento, el incumplimiento de horarios, las fallas en los servicios públicos, la falta de educación y sobre todo, nuestra “viveza”.
Me gusta esta Colombia, me decía un extranjero. ¿Cuál? pregunté, ¿la que tiene poblaciones como la Tasajera, con hambre, sin techo, sin centros de salud? ¿la que tiene una población en el olvido a pesar de estar al lado del puerto más importante del país? ¿le gusta la Colombia que le ha chupado millones de barriles de petróleo a Arauca y su capital parece bombardeada en el medio oriente?
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Ya entiendo. A muchos, no solo a algunos foráneos, también a personal local, les gusta la Colombia estilo El Poblado en Medellín o la Zona G en Bogotá. La Colombia bonita para pocos, fea para muchos. Esa Colombia por la que viajan en sus camionetas de 400 millones con vidrios polarizados y blindada. Es una Colombia llena de “folclor”. Los niños en las carreteras juegan con muñecos sin cabezas, están a medio vestir y tiene mocos secos en sus labios. Las señoras a medio peinar y los hombres cuelgan su barriga en una silla dormidora.
La camioneta se detiene y sacan del interior oscuro una caja con una barbie china o un balón de hule. Se los entregan y se sienten felices de darle a esos niños la felicidad forrada en plástico. Otra Colombia que fascina es la decembrina. En esa Colombia los todopoderosos van a una juguetería en la autopista y compran al por mayor juguetes baratos, todo plástico, todo desechable. Llenan los baúles de pelotas, bates, ruedas, salvavidas, muñecos, carros, silbatos y cuanta baratija encuentren en rebaja. Luego van a la casa y ponen a la empleada a que empaque como pueda todos los regalos en papel festivo, económico, claro está.
Ya con todo listo se van a los barrios de la periferia, donde se sientan tranquilos de entrar en su 4×4 y comienzan la feria del obsequio. Los niños se agrupan como abejas a la colmena. Entregan todo en cuestión de minutos, luego van a la iglesia pobre del barrio y le dan al cura 200 o 300 mil pesos para que pinte el frente del templo. Vuelven a subir al carro y se van tranquilos, cual anciana rica que le deja al cura del pueblo un terreno para la iglesia y así poder morir tranquila y sin pecados que atormenten, Dios le ha condonado las culpas.
Y falta la Colombia que come. Esa Colombia hambrienta está en todas las carreteras que conducen a lugares de recreo, fincas de descanso, playas o pueblos coloniales. Lo primero que hacen los viajeros es comprar 10 o 20 cajas de mercado armado, de ese que venden listo en una caja, en el supermercado. Vale 30 o 40 mil pesos, trae todo lo necesario. Una botellita de aceite, media libra de sal, media de azúcar, lentejas, frisoles, garbanzos, arroz, una barra de jabón, una esponjilla y tal vez café o chocolate, para que no se coman eso a palo seco. Reparten los mercados cual político en campaña y salen felices a comerse su solomito asado, chorizos de ternera, el churrasco, la botella del mejor whisky y de pronto, según los gustos, algo de perico para bajar la rasca.
Esa es la Colombia que les gusta a muchos.




