Dejé Sevilla a medianoche, a bordo de un autobús.
Viajar por carretera durante la madrugada es una experiencia muy familiar para mí, que soy viajero sobre ruedas desde la adolescencia. El itinerario consiste en dormir, acomodarse a las curvas y, en mi caso, roncar. Abrí los ojos cuando íbamos pasando la frontera, no recuerdo en qué punto, y me sentí a gusto de que ninguna autoridad subiera a interrumpir la tranquilidad de los durmientes para pedir el pasaporte.
Volví a entregarme al sueño, conectado a mis audífonos y a los episodios sinfónicos de Gustavo Cerati. Medio desperté al llegar a la estación Sete Rios, cuando comenzaba a clarear. Con las indicaciones que me había dado mi amada amiga, tomé el metro hacia Santa Apolonia, donde llegué antes del amanecer y pude hacerle fotos. Santa Apolonia es una estación de Lisboa desde 1865. Está ubicada en el centro urbano de la ciudad, a orillas del Tajo, en el antiguo barrio de Alfama, parroquia de San Esteban. Desde aquí parten los principales trenes de larga distancia al extranjero, los de alta velocidad que van al norte, los regulares que van a otras zonas del país y los de cercanías. Hace las veces de Estación Central de Portugal.
El aire de la ciudad se me antojó libre y placentero. El clima, también. Tan pronto me senté en una banca le escribí a mi anfitriona para informarle de mi arribo. Ella me dio la cordial bienvenida, me precisó la hora de ingreso en el Airbnb que me había reservado y me alegró con la noticia de que podríamos vernos esa misma tarde. Concebido el mapa del día busqué un lugar donde acabar de despertar. Caminando por la estación lo encontré y me senté a observar las intrépidas aves que ingresan después de cruzar un laberinto de aire. “Café Pombo” lo bauticé, a pesar de que mis amigas las palomas no son muy bien recibidas por los dueños de los locales.
Como tenía tiempo disponible, retomé la lectura del “Diario de a bordo” de don Cristóbal Colón, revisé mis redes y edité algunas fotos. Faltando 5 minutos para las 10 de la mañana salí de la estación, rumbo a la que sería mi casa por tres noches. Gracias a Google Maps pude tomar la ruta más cercana y tardé pocos minutos caminando por un barrio con calles empedradas que me enamoró a primera vista.
Alfama es el barrio más antiguo de la ciudad y uno de los más bellos del mundo. El origen de su nombre es árabe, significa “baños” o “fuentes” y tiene que ver con las corrientes de agua que ha tenido desde siempre, por circunstancias geológicas. Sus callejuelas estrechas, vecinos centenarios y escaleras de piedra, me hicieron sentir en una película de intrincados amores medievales. Y aquí estaba yo, en la esquina del Beco da Lapa con Beco dos Ramos, dispuesto a dejar que la vida me sorprendiera.
Ingresé al número 2 del Callejón de los Ramos, siguiendo las precisas indicaciones de la poesía. Dejé mi equipaje, una bolsa con algunas compras, el blazer y lavé mi cara para salí a descubrir la ciudad, con el sombrero blanco y el móvil como compañeros. Mi primera visita sería a un lugar que me esperaba desde siempre: el Castillo de San Jorge, para rendir tributo al patrono de mi valle, de la ciudad y del antiguo Reino. En el camino me encontré con el icónico tranvía 28, el amarillo que pasa por casi todos los lugares emblemáticos, incluyendo Alfama, con parada en el Castillo. Frente a mí se detuvo, con su chirrido característico, el vagón 561 casi lleno de locales y viajeros. Continué mi camino y pasé por una esquina que llamó mi atención: Calle de los ciegos. Atravesé un corto túnel empinado y, del otro lado, la voz del móvil me indicó que girara hacia la Calle de Santa Cruz del Castillo.
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El video que grabé me lleva a la Puerta de San Jorge, ante la cual me dieron ganas de llorar. Muchos años, décadas y siglos pasaron ante mis ojos. Saludé, quitándome el sombrero, la imagen de San Jorge que está en un nicho de la muralla. Subí una pendiente, despacio, valorando cada paso. Sin prisa. Aspirando el leve aire del verano en Lisboa, que sabe a lo que ningún otro. “Has llegado”, dijo la misma voz. Como quien dice a mi destino. A mi lugar. Al viejo Castillo del que nunca me fui.
Haciendo la fila para ingresar, me di cuenta de que mis fondos habían llegado a su fin. Nada en mi cuenta de ahorros, nada en la tarjeta que saqué justo para el viaje. ¿Cómo iba a hacer para entrar al Castillo y estar los tres días en Lisboa? La respuesta, siempre que estoy en estas circunstancias, es la misma: “Sólo Dios sabe”. Es muy probable que me venga por vía materna, porque le escuché desde niño a La Niña Nohorys Sofía la misma frase ante las dificultades económicas: “Dios da”. Y es verdad. Si uno es paciente, Dios encuentra la bella manera de ejecutar el Milagro. Así que continué haciendo la fila, porque siempre estoy en las mejores manos. Me encomendé a San Jorge para que me echara un empujoncito y ocurrió. Casi llegando a mi turno para pasar a “comprar” el tiquete, me fijé que en un cartel informativo decía que el acceso es gratuito para periodistas. El corazón se me aceleró, como cuando está a punto de hacerse Real la intuición, busqué en mi billetera el carné de periodista que tengo de la Fundación Leo Matiz, impreso en Ciudad de México en 2017 y con vigencia hasta diciembre 31 de 2021. Pasé a la taquilla y tras chequear mi carné, me fue concedida la manilla de acceso. Agradecí, como siempre, por el privilegio de ser testigo de la Grandeza de Dios, Rey de Reyes y Señor de Señores.
Del Castelo de São Jorge solo quedan las ruinas, aunque se sabe que esta colina ha estado ocupada desde el siglo VIII a.C. y que las primeras fortificaciones fueron construidas en el siglo I a.C. El Castillo se encuentra en la colina más alta de Lisboa y proporciona las vistas más bellas de la ciudad y del estuario del río Tajo. El área del monumento es de casi 6000 m², con torres, garitas, un foso y dos enormes patios. En uno de ellos, bajo la sombra de los árboles, recité mi oración a San Jorge.
La batería del móvil me duró menos de una hora, pero igual conservo en el corazón las imágenes de un lugar muy antiguo que, al tiempo, es muy familiar para mi sangre; lo cual no tiene ninguna explicación lógica, pero me basta con la poética. A menudo la intuición nos enseña más que la razón y la emoción más que la Ciencia. Lo cierto es que durante el recorrido me crucé con gente maravillosa de distintas latitudes. Una musa florentina con la que recordé que era el día de San Lorenzo; una familia japonesa a la que le sugerí visitar el Castillo de Windsor en el Reino Unido; y, por último, una pareja norteamericana a la que le pedí que me hicieran una foto con su móvil para conservar el registro de la banca que más me gustó del recorrido.
Al levantarme de aquel lugar y darles mi número, tuve un encuentro con una Familia de Pavos Reales con los que establecí un diálogo ancestral, de los tiempos en los que aún no habíamos perdido nuestra condición de pájaros. Me dijeron que querían regalarme una pluma para que adornara mi sombrero, porque la que tenía se había esfumado en mi visita al Museo del Prado, a comienzos de este peregrinaje. Acepté con gratitud, sorpresa y honor. Me dispuse a encontrarla junto a los arbustos en los que estaban hasta que la vi. Era pequeña, pero merecía la pena. Al finalizar mi visita pasé, como todo el mundo, por la tienda de regalos y me di cuenta de que el símbolo del Castillo de San Jorge… ¡es la pluma de Pavo Real! Pedí a la encargada de la tienda que me dejara cargar un rato el móvil, porque debía encontrarme con mi amada amiga. Aceptó con cortesía y enchufé el cable a la corriente.
Pasadas las 2 de la tarde nos dimos el abrazo, frente de la Puerta de San Jorge. Comenzamos un recorrido por los lugares más queridos de la ciudad en la que vive, desde hace casi 20 años. Visitamos al poeta Fernando Pessoa, la librería Bertrand (1732), al poeta Antonio Ribeiro Chiado, a Su Majestad Pedro IV, al poeta Luis de Camoes, el olivo de José Saramago, la Plaza del Palacio Real (ahora del Comercio) y caminamos por la Vía Augusta. Todos aquellos siglos en una sola tarde, con el mejor clima del mundo y en la mejor compañía posible.
La de mi amada amiga, bella y gran Lispoeta, conocida como Lauren Mendinueta.




