En los espacios deportivos de la ciudad administrados por el Instituto de Deporte y Recreación de Medellín (INDER) los jíbaros de los combos tienen mayor prelación que los deportistas, y los vigilantes contratados por el INDER prefieren a los viciosos que a los padres de familia compartiendo con sus hijos.
Felipe* tiene la costumbre de jugar béisbol con su hijo Camilo* en las noches, dos o tres veces en la semana, en la Unidad Deportiva del Barrio Cristóbal, en el centro occidente de Medellín. En esa unidad los vecinos de la zona aprovechan la pista de patinaje, las canchas de basquetbol y microfútbol, el gimnasio al aire libre; y también Felipe y su hijo improvisan un diamante de béisbol en uno de los pedazos de la cancha sintética que está subutilizado desde hace más de cuatro años por el deterioro que ha sufrido este escenario deportivo.
El pasado domingo 4 de agosto de 2024, a eso de las 6:30 p.m., Felipe le iba ganando a Camilo un partido cuando en ese momento irrumpió el vigilante y les dijo que no podían jugar en ese lugar; dos semanas antes habían tenido el mismo debate: “le había manifestado que nosotros no le hacíamos daño a nadie usando un pedazo de la cancha al que nadie accedía. Y por qué a nosotros nos impedía jugar, pero no les decía nada a los de la plaza de vicio que estaba a unos metros de nuestro lugar de juego”, narra Felipe. La respuesta del vigilante fue: “¡A usted qué le importa… No es problema suyo!”
Él y su hijo Camilo, de 14 años de edad, continuaron disputando su juego de las ligas menores cuando por la malla que rodea la cancha se acercó un hombre afro de gorra y vestido con una chaqueta negra y larga, que le llegaba a la rodilla, y los interpela diciendo: “¿¡Oíste!, qué le estás diciendo al vigilante?”, y se manda la mano al cinto como quien pretende intimidar con un arma de fuego.
La reacción de Felipe fue decirle que no tenía por qué responderle y que no tenía nada que hablar con él. A esa hora había más personas jugando en la cancha softbol, voleibol, fútbol y otras actividades recreativas. El hombre de la chaqueta reniega y le advierte a Felipe que va a traer a los que sí les tiene que responder.
El vigilante ya se había alejado, pero esa noche quedó incómodo con Felipe. Unos minutos después volvió el hombre de la chaqueta negra con otros cuatro acompañantes mal encarados y uno de ellos mostrando un arma de fuego; también los acompañaba el vigilante y los hombres empezaron a intimidar a Felipe y a Camilo. Felipe le indicó a su hijo que salieran por donde los viera la gente.
En ese momento empezó una fuerte discusión entre Felipe y los tipos que le decían que soltara los bates de béisbol, pero Felipe en medio de la rabia y de su instinto de supervivencia los enfrentó y desafió sosteniendo fuertemente esos elementos deportivos que le servían para defender a Camilo en caso de un ataque físico o con arma de fuego.
El temor de Felipe con aquellos tipos también era porque en esa unidad deportiva había sido asesinado en 2019 Jorge Iván Agudelo, hermano del goleador del Cúcuta Deportivo Jonatán Agudelo, con cuatro disparos de arma de fuego; hecho que ocurrió en la primera alcaldía de Federico Gutiérrez.
Los demás deportistas pararon sus actividades y se pusieron alertas por las amenazas e improperios que los tipos y el vigilante le lanzaban a Felipe. Mientras tanto, Felipe seguía desafiando a los tipos y uno de ellos desenfundó su arma de fuego sin que el vigilante dijera nada. Felipe, como una fiera herida les decía que los atendía a todos o de a uno por uno y que no la pensaba para meterle un batazo en la cabeza al que se atreviera a tocarlo a él o a su hijo. También se dirigió al vigilante y le reclamó: “¿Para vos son más peligrosos un padre y su hijo jugando béisbol que estos jíbaros armados vendiendo drogas… ¡Cobarde!?
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Camilo salía asustado y llorando por la mitad de la cancha por temor a las represalias que los tipos pudieran tener contra ellos; a la vez, Felipe seguía enfrentando a los tipos y buscando salir ileso del escenario. Apenas salieron hasta un sitio más o menos seguro, se fueron esquivando por las calles del barrio evitando que los siguieran hasta la casa. Felipe trataba de calmar a Camilo y le explicaba que su reacción contra esos tipos desagradables fue para protegerlo.
Los vecinos que presenciaron la bochornosa situación, días después le contaron a Felipe que el tipo afro de la chaqueta negra es el jíbaro que atiende la plaza de vicio instalada en la zona de barras de la Unidad Deportiva del Barrio Cristóbal y que los otros tipos eran sus secuaces. Por eso le recomendaron a Felipe no volver a ese sitio para evitar que la situación pase a mayores, pues ese combo intimida frecuentemente a los vecinos que les reclaman por la venta de vicio en un lugar dispuesto para el deporte y la recreación.
Para Felipe es desalentador no poder volver a jugar béisbol con Camilo en el lugar ideal que habían encontrado cerca a su casa, pero su mayor desazón y rabia es saber que los vigilantes que el INDER paga con los recursos públicos trabajan en connivencia con los combos y jíbaros de los barrios que intimidan a los deportistas en las unidades deportivas y que la administración municipal y la policía son inoperantes frente a estas situaciones irregulares que atentan contra la integridad de los medellinenses.
*Nombres ficticios por seguridad de la fuente






