“Luis Alfredo Quintero Becerra” fue un sicario tulueño que hizo vida criminal en Medellín y que en el mundo del hampa de la década del 80 se le conocía por su frase lapidaria hacia sus víctimas: “¡Ey, se le enfrió el agua!”.
“Al negro Agua Helada lo conocí en la oficina de Ricardo Prisco que quedaba en Ayacucho, arriba en el barrio Buenos Aires, junto al rumbeadero La Clarita. Ellos se mantenían en un parqueadero y le trabajaban a Óscar Duque, alias ‘Carne de Gato’, como en el año 1986.
“Ese negro era gracioso, pero muy frívolo. Agua Helada era alto, acuerpado, de boca grande y con una legua gorda y grande con la que se tocaba la nariz [lo perseguían las mujeres]… Nunca se veía con rabia o asustado y con sus amistades era solidario, caritativo y buena gente. Lo contraté para recuperar 80 kilos de perico que le habían robado al patrón que tenía yo en esa época, y a partir de ahí tuvimos una buena amistad; hicimos mucha plata matando gente juntos en diferentes partes del país.
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“Agua Helada fue uno de los pistoleros más fríos del Medellín de los 80. Le gustaba tirar pinta y ponerse guayaberas, camisas de chalis, pantalones de prenses, zapatos Zodiak y a veces sudaderas. Eso sí, cuando iba a ‘camellar’ se ponía un gabán negro que le llegaba más abajo de las rodillas, sombrero del mismo color, fumaba tabaco de lado con la esquina del labio y miraba agrio. Cargaba changón o ametralladora y una pistola para ejecutar a sus víctimas.
“Para casi toda expresión de sorpresa, impacto o llamado de atención pronunciaba la frase: “¡Uy, qué agua tan helada!” y de ahí su mote en el mundo criminal. Nunca llegaba en moto o a la carrera sino caminando recto, lento y tranquilo, con las manos en los bolsillos.
“Uno de los camellos que hicimos y que más me sorprendió fue cuando fuimos a quebrar a un cliente a Bogotá en el año 1987. Había que ejecutarlo en el Puente Aéreo porque se le iba a volar a la gente del Cartel de Medellín.
“Ese día llegamos en un Renault 18 amarillo. Yo me estaba preparando para hacer la vuelta y, como es lógico, estaba azarado. Cuando veo que Agua Helada se adelanta, pasa por un lado, me mira con desdén y se le deja ir a esa pinta; se acomoda el sombrero y le dice: “¡Señor, se le enfrió el agua!”. La víctima le alcanza a preguntar: “¿Cómo así?”, y el negro le mete cinco tiros en la cabeza. La pinta cae, Agua Helada guarda el fierro y sale caminando tranquilo para la calle. Yo ya estaba en el carro esperándolo con el conductor y él nos decía que dejáramos el agite, en medio de esa calentura que se armó en ese Puente Aéreo.
“A Agua Helada le gustaba la rumba, pero me enseñó que solo de domingo a jueves porque los viernes y los sábados salen los pistoleros a rumbear (por eso la calle es más peligrosa) y las putas son más caras, mientras que los domingos están ‘peladas’ y más baratas. El negro Quintero Becerra fumaba bazuca y tiraba perico, pero no se le notaba. También pasamos juntos una temporada en la cárcel Bellavista.
“Irónicamente, un viernes en la noche salió del Bar Colón, en el pasaje La Bastilla, se montó en un Renault 12 azul en el que andaba y más arriba en la calle Colombia con la Avenida Oriental ¡al negro se le enfrió el agua! Y cayó bajo su ley en pleno centro de Medellín”.




