Granaína

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Todo el día estuve en el piso del Realejo, organizando asuntos laborales allende los mares y otros propios de los últimos días en Andalucía. A la hora del almuerzo pensé en que todos los españoles americanos somos afortunados por tener vida en dos continentes. Vidas a dos horas distintas, con climas y tiempos diferentes.

Ser español es no tener fronteras en el cuerpo, ni en el alma. Ser español va más allá de una nacionalidad y de unos límites marcados por la política, siempre mezquina. Ser español es pertenecer a una civilización tan prodigiosa y antigua como por venir. Ser español es tener el privilegio de hablar la misma lengua que 600 millones de seres humanos diseminados por los cinco continentes.

A las seis de la tarde me fui rumbo a un encuentro con el destino: la Capilla Real, sitio de enterramiento de Sus Majestades Católicas, Doña Isabel y Don Fernando. Según nos cuenta su página web, Granada representó mucho para nuestros reyes. “Aquí está un paso decisivo en la unificación de España, aquí culmina un esfuerzo secular colectivo, aquí nace el impulso expansivo hacia Occidente, aquí nacen diversas instituciones que marcan el inicio de la modernidad”.

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Me sentí en casa porque el sagrado recinto está dedicado a San Juan Bautista y a San Juan Evangelista. Está conformado por la iglesia, la sacristía y una lonja de acceso. Comenzó a construirse en el año 1505 por Enrique Egas en estilo gótico. Intervinieron en su construcción, Juan Gil de Hontañón, Juan de Badajoz el Viejo y Lorenzo Vázquez de Segovia. La capilla fue concebida como un anexo a la nueva sede catedralicia que se habría de construir en Granada después de la conquista y capitulación del Reino Nazarí en el año 1492. Sin embargo, ambos edificios se muestran independientes y sus estilos son diferentes: la Capilla Real es del gótico final, mientras la Catedral se construyó renacentista. Fue terminada en 1517.

“Cuando comienza el reinado de Fernando e Isabel, la península ibérica estaba dividida en cinco reinos independientes: Castilla, Aragón, Navarra, Portugal y Granada. En los dos primeros estaban comprendidos numerosos reinos antiguos como León, Murcia, Jaén, Córdoba, Sevilla y Valencia, amén de otros territorios de fuerte personalidad histórica como los Principados de Asturias y Cataluña”.

En el centro del crucero de este magnífico lugar se encuentran los sepulcros de Doña Isabel y Don Fernando y los de su hija Doña Juana y Don Felipe, su esposo. Es importante aclarar que son monumentos conmemorativos, pues los restos de los reyes están enterrados en la sepultura que hay inmediatamente debajo. Contemplar esta Cripta Real es dejar florecer una lágrima. En ella se encuentran los sarcófagos de los Reyes Católicos, los de sus herederos, Juana y Felipe y el del infante Miguel de la Paz de Portugal, nieto de Sus Majestades que murió cuando era niño.
Al momento de morir los Reyes Católicos estaban unidos todos los reinos (excepto Portugal hacia el cual se habían lanzado lazos matrimoniales que traerían la unión en el futuro) en la misma monarquía con respeto de las instituciones de cada territorio. “En este proceso la integración de Granada fue la empresa más costosa y deseada. Una vez alcanzada se hizo, en principio, con igual criterio de respeto a la peculiar forma de vida del reino. En Granada murió la Edad Media y nació la Modernidad, en la apertura a lo Universal, en la renovación del Arte con el Renacimiento, en la forma de gobernar y en las nuevas instituciones que sirven para ello”.

Visitar la Capilla Real de Granada es contemplar la fuerza de lo eterno en la obra de una Pareja Real que supo cumplir a cabalidad su Misión en la Tierra. Agradecí el Altísimo por permitirme tan bello privilegio y, al pasar por la tienda, compré el “Diario de a bordo” de Cristóbal Colón que zarpó en la misma fecha, pero en 1492. Pleno de historia y belleza me fui a comer a una plaza. Pescadito y caña. Deliciosos.

Esa noche apareció el gran Raúl, mi amigo el cantautor, quien me invitó a tomarnos algo allí mismo en el barrio. Había invitado a una amiga suya a quien quería presentarme. Poco después de la media noche nos encontramos en un bar habitual para él, muy cerca de Santa Escolástica. Nos dimos el abrazo, nos pusimos al día después de años sin vernos y brindamos con una cerveza.

Entonces llegó ella, como si no quisiera pisar el suelo encantado de Granada. Traía una minifalda de jean, una camiseta blanca con pétalos de colores y la palabra “Blessed” en el centro. Su actitud rockera, su acento americano, su nombre salido de una novela de Álvaro Mutis y el apellido italiano, me capturaron desde el primer momento. Nos saludamos con beso doble, ella pidió copa de vino tinto. Aquella primera noche solo hubo conversación amena e intercambio de números.

Granada es notable y señalada, principal, ilustre y escogida. Madura y juiciosa. Es preciso andar despacio en ella. Me desperté temprano para comprar entradas a la Alhambra y me topé, en el camino, con otro símbolo de la ciudad. El coronado fruto de un árbol de la familia de las punicáceas, de cinco a seis metros de altura, con tronco liso y tortuoso, ramas delgadas, hojas opuestas, oblongas, enteras y lustrosas, flores casi sentadas, rojas y con los pétalos algo doblados. Estuve en varios locales, pero no pude hallar entradas para mis días disponibles. A cambio, Doña Isabel me regaló un recorrido gratuito por El Albaicín que comenzó a las once y acabó a la una y media. Retomé el contacto con ella y quedamos para cenar.

Nos vimos en El Realejo. Ella estaba con un amigo suyo de Italia e hicimos la noche los tres. Acabamos en un bar de rock llamado “La estrella” donde pusimos a prueba mi vacuna contra el covid y la no vacuna de ella. Volvimos a casa cantando. Su amigo se fue, justo a tiempo. La luz de aquel amanecer fue la más bella del mundo.

Casi un año después, la voz de Pedro El Granaíno me trae de vuelta el color de la ciudad. La guitarra de Antonio de Patrocinio (hijo) le pone luz a mi sentimiento. El jardín del Palacio de los Córdova deja ver, no muy lejos, la Alhambra. Vuelve a mí la nostalgia de no haber visitado el emblemático lugar del que supe desde la infancia, cuando jugábamos Metropol en casa. El próximo viaje será…

Se fue perdiendo la Alhambra
con el llanto de mis ojos
se fue perdiendo la Alhambra
y yo me acordé de aquel moro.

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John Alexander Rodríguez
John Alexander Rodríguezhttp://elmetroco.wordpress.com
Comunicador Social - Periodista de la ciudad de Medellín con más de 20 años de experiencia. Amante de la buena música, deeejay los fines de semana y emprendedor.
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