Duelo sinfónico

Por: Diego A. Arenas Londoño. Esp. Alta Gerencia - Ing. Civil - Ex trombonista.

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Hay pérdidas que duelen mucho, perder a un ser amado sea porque ha muerto, o por llegar al fin de una relación amorosa, nos deja un gran vacío y un sentimiento de desolación tal, que incluso muchas personas al no saber cómo hacerle frente, prefieren dejar de intentarlo para siempre.

Y aunque algunos no lo crean, no vamos a sentir este duelo únicamente por perder a otra persona, este dolor de ausencia nos puede llegar al perder un trabajo soñado o perder nuestra casa, y en general lo relacionamos con pérdidas de algo que está “afuera” de nosotros, esa persona, esa cosa. Pero, ¿qué pasa cuando lo que perdemos es un pedazo de nosotros mismos?

Para quienes me conocen de manera cercana, saben que desde muy joven, la música, y más que la música el hecho de pertenecer a una banda sinfónica, ha tenido un papel fundamental en mi construcción de identidad, incluso, ha tenido un papel de “orientador” en mi proyecto de vida.

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Gracias a la banda conocí a la que hoy es mi esposa y con quién formé una familia, gracias a la banda, pude viajar y conocer a personas maravillosas desde mi adolescencia con quienes viví un sinfín de experiencias.

Gracias a mi papel como instrumentista y a las artes de Euterpe, es que me auto percibo como una persona que aunque aplique las habilidades ejecutivas y metodologías con qué buscar la solución de problemas, forjados en mis años de formación y de experiencia como ingeniero, también puedo ver el mundo con la sensibilidad, la creatividad y la fluidez del artista.

Pero hace años, por una decisión tomada pensando en el bienestar de la agrupación, y mal creyendo que sería temporal y que encontraría un abrazo acogedor cuando pudiera volver, perdí esa parte de mí. En el pasado ya había tenido periodos en los que por una u otra circunstancia había tenido que poner en pausa esa parte de mi vida, pero esta vez duele diferente, porque fueron otros los que, espero que pensando en un bien mayor, me negaron eso que hasta hace un poco más de dos años, era una respuesta constante en mi definición del yo, “soy trombonista en la sinfónica”, ya no, ni trombonista, ni sinfónica, ni nada de eso, y duele como si se hubiera muerto un ser amado, seguramente porque lo que se murió, fue un pedazo de mí mismo, y me ha tomado más de dos años para entenderlo.

A donde voy, es a que los duelos no solo pueden llegar desde afuera, también podemos perder pedazos por dentro, y a veces se van tan lento, o en fragmentos tan pequeños, que cuando nos damos cuenta de que se han ido, ya no los podemos recuperar, y nos dejan un vacío del que solo podemos salir superando las etapas del duelo. Me ha tomado más de dos años para pasar por la negación de que ya no soy parte de la banda, la rabia por no poder volver, la negociación de tratar de mantener la música y al trombón en mi vida así fuera sin mi banda, la depresión de perder hasta el deseo de escuchar un buen concierto, y apenas estoy logrando llegar a la aceptación, de sentir a la banda como el más bello recuerdo, pero aceptar que ya no es parte de mi vida.

La gran diferencia con la muerte, es que en estas pérdidas, siempre queda la esperanza de que nos volveremos a encontrar con ese ser amado en esta vida. Espero que en un futuro, pueda volver a decir Da capo, y que esa vez sea hasta el fin.

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