Historias de un Driver
A Camila* la recogí un viernes a las 11 de la noche en uno de los barrios del nororiente de la ciudad, entre los límites de Medellín y Bello. Era de estatura baja, morena y de cabello muy corto. Me saludó efusivamente y con una sonrisa maliciosa: “Hola, cómo estás. ¿Me puedes llevar a Manrique y luego al sector del Estadio? ¡Yo te pago el servicio adicional!”.
Arrancamos y empezamos a despuntar por las lomas de la comuna nororiental. Era muy habladora y me confesó que realmente íbamos a recoger a una niña “que lo prestaba” y que era para un amigo de ella, proveniente de un pueblo del Nordeste antioqueño que se quería echar una canita al aire.
“Yo no soy proxeneta, sino que como conozco tantas niñas, les ayudo a unos amigos a conseguir compañía cuando vienen de viaje; porque buscan chicas lindas y jóvenes que les guste prestarlo”, explicaba Camila con una sonrisa pícara.
Cuando íbamos llegando a Manrique me contó que la chica que iban a contratar inicialmente era una amiga de ella, pero que como era menor de edad la mamá no la había dejado salir tan tarde. “Entonces, me tocó contactar a esta pelada, que es amiga de la otra y que le gusta ganarse una platica ocasionalmente”, narraba Camila.
Y sin yo preguntarle empezó a mostrarme en su celular fotos del harem de muchachitas que conocía y que ofrecían sus servicios como acompañantes para encuentros sexuales ocasionales. “Es que esos manes les pagan bien: les dan hasta 300 mil pesos por el rato, les dan comida, guaro, Smirnoff, Coronita o vino, si quieren; y también les dan para el sople. Esas niñas de ahora tiran mucho ‘tusi’… ¡Son muy viciosas! Y ese vicio es caro: se gastan hasta 120 mil pesos en un punto de ‘bailarina’, una droga que es cara”, aseveró la mujer que aparentaba unos 22 años de edad, pero que en su hablar y experiencia demostraba el recorrido de una de 40 años.
Llegamos a Manrique, empezó a llamar a su elegida y no le contestó. Luego de marcarle al celular varias veces y de escribirle por WhatsApp, la niña nunca contestó y le apagó el teléfono. Ella quedó sorprendida y no se molestó, pero se preocupó porque ya había prometido que le llevaría a su amigo una presa para esa noche.
“¿Vos no sabés dónde me consigo una pelada joven que lo preste; ¡ojalá menor de edad!?”, me preguntó. Le respondí que no sabía y me pidió que fuéramos al centro. Arribamos a Maracaibo, y la esperé al frente de la Barra Ejecutiva. Preguntó por si la dejaban buscar una chica que ofreciera sus servicios sexuales, pero no la dejaron ingresar. Esa fue una señal de que no contaba con la edad para estar en esos lugares.
Se montó nuevamente al carro y me dijo que la llevara a la Avenida de Greiff con Cúcuta. Allí de nuevo me indicó que la esperara y recorrió tres o cuatro bares de la zona. A las mujeres que veía de menor edad les proponía que el negocio era irse con ella y atender a un amigo que les daría 200 mil pesos por un encuentro sexual y que les compraban lo que quisieran para la farra.
A esas alturas yo estaba preocupado porque de alguna forma podía quedar como cómplice de proxenetismo con menores de edad. Mientras estaba en mi reflexión y atento a que no me dañaran el carro, Camila volvió a montarse en mi vehículo y esta vez estaba más desesperada.

“No, parce. Esas mujeres ya están muy viejas, y a esos manes les gustan es ‘pelaitas’ jóvenes y bonitas… Y estos ‘guajaros’ bien feos pidiendo que les pague una multa de 80 mil pesos por sacarlas de esos burdeles… ¡Vamos a ver para El Raudal!”, expresaba Camila ya con decepción.
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En cuestión de tres minutos llegamos a la esquina de El Raudal. Me invitó a bajarme del carro y a acompañarla a buscar una víctima, pero le dije que no. Realizó de nuevo el recorrido en dos cantinas y no le gustó ninguna de las mujeres que vio. De nuevo se montó al carro y me dijo: “vamos a hacer el último intento con las que se parchan abajo de la Veracruz y del Museo de Botero”.
La noche estaba lluviosa y las mujeres de la zona se escampaban como podían debajo de los parasoles y los balcones de los negocios de la zona. Camila se bajó nuevamente del carro y empezó a caminar pero no le gustó ninguna. Cuando se iba a montar nuevamente, vio dos chicas que tenían apariencia de menores de edad. Ambas vestían pantalones cortos y blusa ombliguera. Se les fue sin pensar y les empezó a echar el mismo cuento de la plata, la farra y el encuentro sexual. Por más que les echó el cuento, las mujeres no accedieron.
Se montó al carro y me dijo en tono derrotista: “¡vámonos para el sector del Estadio!”. Me explicó en lo que faltaba del recorrido que por eso a ella no le gustaba contactar niñas que no eran de confianza. “Yo no soy proxeneta”, insistía, “pero estos manes pagan bien y son serios. Y esta pelada de hoy me hizo quedar como un culo”, protestaba Camila con cierta inconformidad.
Llamó al hombre que le había hecho el encargo y me dijo que la dejara en uno de los hoteles de la zona de la Calle Colombia, pagó una buena suma de dinero por el recorrido y se metió con el hombre que la esperaba sonriente y medio decepcionado porque no había llegado con su presa.
* Nombre ficticio por confidencialidad




