Cuando el algoritmo dicta la pauta y la verdad queda huérfana

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Por: John Alexander Rodríguez López - Comunicador Social, Periodista - jhonzio@gmail.com

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Por estos días, en las salas de redacción del país todavía resuena el eco de una historia que debería preocuparnos más de lo que nos divierte: un estudiante de periodismo que, tras entrar a realizar prácticas en El Espectador, pasó meses fabricando noticias falsas con ayuda de inteligencia artificial.

No se trató de un descuido aislado, ni de una travesura universitaria. Fue un fraude sostenido en el tiempo, frente a las narices de redactores, editores y hasta del editor en jefe, que terminó con el director del periódico pidiendo disculpas públicas.

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Y aunque el mea culpa es un gesto loable —y poco común en un país donde admitir errores suele verse como un lujo—, la historia deja al descubierto un problema mucho más profundo: la evidente fragilidad de un oficio que, durante décadas, se sostuvo en el rigor, el contraste de fuentes y la obsesión por la verdad.

El espejismo de la “nueva generación”

Muchos celebran que los jóvenes de la Generación Z sean nativos digitales, expertos en tecnología y usuarios avanzados de las nuevas herramientas. Pero este caso muestra un lado menos glamuroso: la tentación de sustituir el reporterismo por la facilidad del software.

El practicante no fue un genio del engaño; simplemente aprovechó un ecosistema donde la velocidad importa más que la verificación, donde el clic prevalece sobre la comprobación y donde la IA se convierte en un atajo para quienes aún no entienden que el periodismo no es producir texto, sino producir verdad.

El verdadero escándalo no es que un joven lograra colar contenido falso durante meses: es que todo un aparato editorial, que se supone diseñado para detectar estos desvíos, falló estrepitosamente.

Un periodismo cada vez más parecido a un feed de chismes

El episodio confirma lo que muchos ya intuíamos: el periodismo serio en Colombia está sostenido por muy pocos profesionales y por un puñado de medios rigurosos. El resto parece estar atrapado en la dinámica del entretenimiento instantáneo.

Cada vez es más difícil distinguir entre un periódico y un portal de farándula. El foco editorial se ha desplazado a las guerras de “des-influencers”, al nuevo drama de Westcol, al próximo novio o esposo de Aida Merlano, o a la cirugía número doce —o trece— de Yina Calderón.

Todo empacado con titulares que prometen escándalo, indignación o morbo para alimentar al voraz algoritmo de turno.

¿El problema? Que, mientras las redacciones compiten por likes, lo único que debería importar —la verdad— queda relegado a un segundo o tercer plano.

El caso de El Espectador no es un accidente: es el síntoma de un periodismo arrodillado ante la lógica de las plataformas.

Las noticias se producen para complacer a una red social, no para cumplir un propósito público. Se escribe pensando en el tráfico, no en el contexto. Se prioriza la tendencia, no la relevancia. Y en ese ambiente, no sorprende que un practicante pueda engañar a toda una redacción: al final, todos están mirando hacia otro lado.

El algoritmo dicta la agenda. Y la verdad, cuando no encaja en ese molde, se queda sola. Huérfana.

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