Lina y sus espantos de La Mansión

Cuando Lina González aprovechó el gangazo de comprar la casa ideal para instalar una huerta en un barrio central de Medellín, nunca esperó que la oferta incluyera las apariciones de una rubia joven en una habitación, un hombre maduro preparando chocolate, una voz que la invitara a bajar al sótano ni que en las tardes encontrara encendido el equipo de sonido sin ninguna explicación. Por: Mauricio Galeano Quiroz - Comunicador Social-Periodista - @Maurosgal

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Lina Patricia González trabaja desde hace 15 años en la Universidad de Antioquia a cargo de las salas de cómputo de la Facultad de Ingeniería. Como muchos colombianos, anhelaba con tener su casa propia; y ese deseo se hizo realidad en el año 2015 cuando encontró la casa con la que había soñado en el barrio Villa Hermosa, sector de La Mansión, el cual linda con el tradicional barrio Prado.

La propiedad que adquirió fue una casa-lote de tapia, que linda con la urbanización Santa Elena. “Me interesé en esta casa porque tenía un solar grande con ocho árboles y yo quería instalar una huerta para sembrar”, reconoce Lina. El predio tiene un área de 230 metros cuadrados y en la actualidad tiene un local comercial para tienda de mascotas, baño, sala de estar, 3 habitaciones, cocina, solar, terraza y sótano.

Luego de hacer el negocio, a Lina no le importó que la casa estuviera, literalmente, caída y solo estuviera una habitación disponible para acomodarse, debido a que ella tiene conocimientos en construcción. En ese momento la casa llevaba tres años deshabitada, tenía los techos desvencijados, no contaba con sistema eléctrico y las puertas y paredes estaban deterioradas.

“En esa época yo salía del trabajo y me venía para acá a tumbar las paredes de tapia para adecuar los espacios. La casa era muy oscura y tenía que llegar hasta la cocina para abrir la puerta que da al solar y tuviera luz natural”, describe Lina sobre la vivencia en sus primeros días en el nuevo hogar.

Dolly, el primer espanto
En esos inicios al lado de la cocina había una especie de salón con un orinal para hombres, y a los 15 días de haberse instalado, en una de las esquinas de esa pieza, empezó a ver “una muchacha mona, parada; era blanquita y muy bonita. Eso ahí era como una jaulita de madera y había una columna. Y yo dije: “¡Ay, Dios mío; yo que me compré! ¡Ese fue el primer espanto!”, reconoce Lina con una risa tímida.

“Yo la vi varias veces, pero no había cerrado el negocio. Una de las veces que se me apareció la muchacha, no sé por qué razón me llega un mensaje telepático a mi mente que dice que la mujer se llama Dolly y que era sobrina de la anterior propietaria”, relata Lina con mucha calma, y agrega: “la casa la compré en diciembre de 2015, pero las escrituras se hacían en febrero de 2016”.

La cocina por donde entraba luz natural del solar, antes de la remodelación. Foto: Cortesía

Cuando fueron a hacer el proceso de las escrituras, Lina le dijo a la señora que le vendió la casa: “¡Ay, tú me vendiste una casa con todo y espanto! Allá está tu sobrina”. La mujer le respondió: “¿Cómo así? ¿Quién es mi sobrina?”. Lina le explicó la situación y la señora se puso a llorar. La mujer le replicó que eso fue por cuentos de los vecinos, pero Lina le contó que la estaba viendo en la habitación. Invitó a la señora a visitar la casa, pero ella recibió la plata pendiente del negocio y “cortó todo contacto conmigo”, cuenta Lina simpáticamente.

Así empezó Lina a derrumbar la casa lote. Foto_ Cortesía

“Después de eso yo quedé con la duda y pensaba: ¿sería que a esa muchacha la mataron allá en esa pieza? Empecé a consultar con los vecinos y me contaron que Dolly vivió acá con el esposo, pero que se fueron para Estados Unidos y allá el esposo la mató”, expresa muy natural Lina.

Al cabo de algún tiempo Lina ya había realizado nuevas adecuaciones de su hogar y se había empezado a mudar con algunas de sus cosas. Esa jaulita donde se aparecía Dolly la organizó como habitación, le tumbó el orinal y allí encontró una bolsa con algunos juguetes y muñequitos plásticos de Yupi, de los que salían en las bolsas de los paquetes de chitos en los años 80; luego de ese hallazgo Dolly despareció.

Lugar donde hallaron los juguetes de Dolly. Foto: Cortesía

Don Miguel, el cojo
Sin embargo, una tarde llegó del trabajo y encontró el equipo de sonido a todo volumen “como si fuera una taberna”, contextualiza Lina y describe: “la música era a todo ‘taco’, parecía como si yo estuviera acá; y era que lo prendían, ¡siempre con música de cantina!”. Lina le contó ese suceso a una vecina y ella de dijo que en la casa vivió un señor al que le gustaba mucho ese tipo de música.

Corredor por donde se siente a Don Miguel cojeando. Foto: Cortesía

“Ya iba con dos espantos en la casa, y yo los toleraba. Yo llegaba y encontraba la música y veía a la monita ahí parada ‒porque no se movía de esa pieza‒. Al señor, Don Miguel, sí lo vi una vez en la cocina: era un moreno haciendo chocolate; ¡y batía el chocolate y se sentía el olor!”, narra Lina con un poco de asombro. Versión que también le ratificó la vecina que había conocido a ese inquilino, el cual tuvo nueve hijos, pero a quien “al final lo dejaron solo en esa casa, porque el señor era muy rebelde”, dice Lina.

“A mí me pasaron muchas cosas extrañas en esta casa, además de Dolly y Don Miguel; por ejemplo, a los dos meses de estar viviendo acá, de la nada resulté con el ligamento de la rodilla reventado. Una vez me fui a levantar y estaba reventado. Otro día estaba yo en el trabajo, cuando me llamaron a decirme que los bomberos estaban en mi casa, y era que se había caído un árbol y atravesó las tres casas de atrás”, dice Lina en un tono tranquilo. Y agrega: “una vez estaba haciendo una oración, porque estaban espantando mucho, cuando empiezan a pasar por el corredor rasguñando toda la pared de tapia”.

La voz tenebrosa del sótano
Mientras estamos sentados en la cocina conversando, Lina señala el espacio contiguo, a unos cuatro metros de distancia, y dice: “acá abajo está el sótano y allá todavía hay una voz que le dice a uno: “¡Venga para acá!”. Y uno baja allá y siente el frío y el susto cuando va a subir esas escalas. Una vez me traje a unos compañeros del trabajo a hacer una pijamada. Tapamos todo, pusimos un asador y todos molestando que entráramos al sótano, pero a la vez les daba miedo por lo que les había contado. A eso de las 9 de la noche el equipo empieza solo a pasar las emisoras y luego se apagó; entonces todos se asustaron y se fueron… ¡Dejaron hasta el asado!”, relata Lina con cierta picardía.

Escaleras del sótano donde llaman: «¡Venga para acá!». Foto: Cortesía

Como Lina tiene una tienda de alimentos para mascotas en el lugar que adecuó como local comercial en la parte delantera de la casa, alguna vez llegó un cliente y le preguntó: “¿ahí todavía se siente el señor cojo que pasa por el corredor?”. Lina le preguntó que si él había vivido en esa casa, y el hombre respondió: “Sí, lo que pasa es que mi hijo fue el que mataron ahí”. Lina lo interpeló y le preguntó que si había sido dentro de la casa, pero el hombre dijo que afuera en la acera.

La voz que se escucha en el sótano es la de un hombre. Y el cliente de Lina, padre del muchacho asesinado, le contó que cuando el joven estaba vivo a veces le daba mucha rabia y se iba para el solar a escarbar y así fue abriendo el espacio del sótano; “entonces yo creo que él todavía está encerrado en el sótano con sus rabietas”, advierte Lina de manera muy natural.

Sótano de la casa de Lina. Foto: Cortesía

“Primero si espantaban mucho acá, pero ya es muy esporádico. Eso se debe a que he ido adoptando algunos animales: 5 gatos y 3 perros, que viven conmigo. Los gatos han sido la solución para calmar a esos espantos. A veces me enojo con una de las gatas, y le digo: “¡usted no va a dormir hoy conmigo!”, y le cierro la puerta; pero eso es un error porque ese día uno siente que alguien entra a la pieza y se queda ahí al lado”, expresa con asombro Lina.

Ella continúa relatando sus experiencias extrasensoriales y narra una escena espeluznante reciente: “por ejemplo esta semana la perrita estaba en calor, y el perrito durmió conmigo en la habitación, pero en el suelo. Él se salió y dejó la gata sola; ella toda la noche estuvo mirando la ventana y no pudo dormir por estar poniendo cuidado de que nadie se fuera a entrar a la habitación. Si hoy en día no estuvieran los gatos, sería permanente la sensación de que alguien estuviera al lado de uno en esta casa”.

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Una vez un hombre la visitó en su casa para hacer unas oraciones y tratar de apaciguar a los espantos. Aquel señor le dijo que había unos espíritus muy impresionantes y que era difícil de sacarlos y le advirtió que “se iba a enfermar”. “Le pagué como 300 mil pesos, no le comí cuento, lo despaché y dije ¡Yo soy capaz de sacarlos solita! Entonces una vez los desafié y les grité: ¡Me quitan esa música, pero ya; que yo mando aquí! Yo sí tengo cuerpo y ustedes no! Se apagó el equipo y todo quedó tranquilo”, explica Lina.

Lina ya no siente tanto temor, sigue viviendo sola en su casa de La Mansión y su negocio de mascotas es próspero. Allí tiene una empleada que le ayuda a administrar su emprendimiento; incluso, cuando Lina se va para el suroeste a visitar a su papá, le paga a la señora para que se quede cuidando la casa y a los animales, pero siempre lleva a alguien que la acompañe porque los vecinos ya le contaron de los fantasmas que habitan en ese espacio.

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