A Lucrecia* la recogí en la parte alta del barrio Niquía, en Bello. Saludó muy cordial y sonriente y me dijo que la llevara a El Poblado, en Medellín. Era una mujer de más de 35 años de edad, pero el ajetreo de su vida le hacía lucir un poco mayor. Fue muy conversadora y simpática a lo largo del recorrido; sin embargo, el objeto final de su viaje me puso a dudar de su amabilidad.
“Yo trabajo poniendo y cobrando los papelitos de los parquímetros y con eso me gano la vida para sostener a mis dos hijos”, comenzó contando cuando le pregunté por su trabajo. Su vestimenta era sencilla y en sus modales y forma de hablar se percibía a una mujer humilde y honesta.
«Enseguida tengo que ir a El Poblado para cobrar una plata que me deben y después tengo que ir por Guayabal La Raya a hacer una vuelta… ¿Será que usted me lleva también allá?”, dijo con un tono jovial Lucrecia. “¿Y a qué tiene que ir a La Raya?”, le pregunté por curiosidad, teniendo en cuenta la mala fama de ese sector de la ciudad.
“¡Ay, mijo! Imagínese que una señora me contó que una de esas muchachas que trabajan en esos bares de La Raya quedó embarazada de un cliente. Ella pensó en abortar, pero le pudo más el cargo de conciencia”, relataba Lucrecia con intriga. En ese instante me empecé a inquietar.
La increpé y le dije: “Bueno, y usted qué tiene que ver con esa muchacha…”. Y me contó: “lo que pasa es que ella no quiere al niño y lo quiere dar en adopción. Yo no sé por qué no se cuidan bien si están por ahí de sinvergüenzas. ¡Entonces lo que yo quiero es adoptarlo!”, me dijo la mujer en un tono muy natural.
Ahí fue cuando me preocupé. En ese momento ya íbamos a la altura del centro de eventos La Macarena, por la autopista en vía sur. Ella seguía hablando del tema y de un momento a otro expresa: “es que yo ya no puedo tener hijos, y quiero tener otro porque los míos ya están grandes: la niña tiene 13 y el niño tiene 9; y yo quiero un bebé porque todavía tengo alientos de criarlo…”. Mi respuesta fue: “¿pero usted es consciente de que una adopción no se hace de manera informal…? ¿Y a usted sí le da para tener otra obligación?”. Fue una pregunta imprudente, pero ya me empezaba a preocupar por la frescura de la pasajera para contar su historia de manera desprevenida.
“¡Ay, negrito, eso no es problema, donde comen tres, comen cuatro…! Y por lo de la adopción es lo de menos, yo lo recibo y ‘le hago papeles’ y me quedo con el bebé; además, hago una obra de caridad”, explicó Lucrecia tranquilamente como quien habla de negociar un vehículo o una propiedad.
Ese comentario me puso alerta porque ella esperaba que la llevara a ‘hacer esa vuelta’ en La Raya, sitio de burdeles, prostitución y cruces del bajo mundo, ubicado en la frontera entre los municipios de Medellín e Itagüí.
También le puede interesar: ¿Por qué este lunes es festivo en Colombia?
Me quedé callado un lapso de tiempo pensando en ese relato; ya subíamos por la Calle 10 y revisé mi celular cuando paramos en el semáforo del Parque de El Poblado. “¡Ay, negrito, ya vamos a llegar!”. Nos metemos por los lados del Parque Lleras, ¿será que entonces usted me espera diez minutos, mientras cobro la plata, y nos vamos para La Raya a recoger al niño?”, preguntó ella muy horonda.
Le respondí que me habían escrito hace un momento de mi casa y que debía ir a atender un asunto familiar. Que yo más bien la dejaba en El Lleras y que mejor pidiera un nuevo servicio.
Lucrecia no me creyó, porque de inmediato me respondió: “¿Se me asustó negrito? No se me asare que yo no voy a secuestrar al bebé; pero bueno, muchas gracias por el viaje tan agradable”. Lucrecia me pagó y se bajó del carro, se fue caminando y se perdió entre la muchedumbre.
A ella tampoco le creí, porque hablar con tanta frialdad de hacerse cargo de un niño ajeno no es algo tan normal para contarle a un extraño; y menos con las cifras y casos de trata de niños que se ven en una ciudad en la que el delito del secuestro tiene cifras e indicadores superiores a las estadísticas que presentan las autoridades.
* Nombre ficticio por confidencialidad de la fuente.




