Dice el diario local que «con más de 50 años a las afueras de la Universidad de Antioquia, Miguel Valencia se resistía al auge del internet y las redes sociales y con una tiza y un tablero plasmaba los titulares más importantes. Sin embargo, una triste noticia quedará sin plasmar en esos pizarrones: su muerte».
Cada vez que pasaba durante la reciente década por las porterías de la UdeA, a pasos lentos escudriñaba las publicaciones del día de Miguel y encontraba cosas contundentes, ejemplares y bonitas. Siempre me recordaba ese artículo que guardé y plastifiqué en EEUU de cuando el periodista Larry King cumplió 50 años en los medios en 2006. Ahí, él cuenta de sus inicios en la radio musical de Miami como DJ después de una gigantesca oportunidad mientras era conserje, y de cómo pasó a la prensa a escribir columnas en el Miami Herald; incluso reemplazando a uno de sus héroes: Walter Winchell. Y el artículo que guardé todos estos años con cariño guarda una fracción de una amarga historia.
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Winchell era el periodista más poderoso de su tiempo en la prensa norteamericana, y lo sacaron sin compasión tras la llegada de Larry King, su admirador. «Fue muy triste. ¿Sabes qué hacía Winchell al final? Escribía hojas mimeografiadas con su columna, repartiéndolas en la esquina. Así de triste fue. Cuando murió, solo una persona asistió a su funeral. Pero en su época, Winchell era dominante. Podría hacer tu carrera, o destruirla. Y cuando decayó, descendió como un espiral», contaba el difunto Larry a Glenn Garvin un domingo.
Los tableros con tiza de Miguel Valencia me recordaban constantemente esa triste historia de un párrafo sobre Winchell, quien en estos tiempos digitales, tal vez hubiera tenido al menos un blog o hasta un pódcast dónde poner su opinión, pero la vida se cierra y la supervivencia del talento no encuentra salidas cuando envejece, y entregar su columna en hojas mimeografiadas con impresiones hechas con aquella herramienta que usaba un esténcil perforado por una máquina de escribir para transferir tinta a papel, era apenas un acto de supervivencia en la esquina de su anterior oficina. Yo mismo me veía en esa escena, porque se me había acabado la radio, pero tenía una opinión, y pronto encontré la Internet. De vez en cuando me siento aún como Winchell, pero me sacudo y sigo adelante.
A Larry King también le fue mal en algún momento, contaba que en 1972 lo perdió todo: La radio, TV y prensa se hundieron tras un fraude a su socio Louis Wolfson y fue además arrestado. Pero la vida volvió a sonreír, y tres años más tarde estaba de nuevo al aire y en una década era la estrella de CNN. Tengo además su libro «Tell Me More».
¡Que vivan los tableros y la tiza! Personas de ideas rebeldes como Miguel Valencia nos han enseñado para qué sirven «las paredes y las murallas», y esa opinión, después de todo, también cuenta.





