La primera dosis de dopamina fue la voz de mamá; nada causa más placer en un niño que escuchar la aproximación del ser más importante de su pequeño universo.
Cuando creces, mamá significa bienestar, calidez, empatía, alimento y confort además de una larga lista de bondsdes.
Es por eso que la voz de mamá aproximándose activa en el cerebro el neurotransmisor de la motivación y recompensa de una manera incomparable al mejor chocolate del mundo o ganarse una rifa, y entonces, estamos motivados a la supervivencia y al bienestar.
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Pero hay una interrupción drástica: “A los 12 años el cerebro de un niño deja de asociar la voz de los padres al placer, por eso en la adolescencia parecen tan molestos”, explica la neuropsicóloga española Begoña del Campo en La Vanguardia.
Además, expica que la adolescencia no es solo una etapa rebelde, sino un proceso biológico y emocional de desvinculación.
Probablemente todos recordamos nuestros conflictos con mamá mientras creíamos, yo recuerdo además el período en que más duro tuvo que trabajar para ayudarnos a crecer y tomar decisiones en las condiciones más difíciles que una madre pueda afrontar.
Entendiendo por fin los misterios de la rebeldía de la inmadurez y de los efectos sonoros de la voz de mamá desde la ciencia; sólo puedo decir que mi madre tiene una de las voces más dulces y claras que he escuchado; aun hablar con ella por teléfono tiene un efecto de almíbar en el alma, y recuerdo desde niño la calidez de su voz firme como el sonido más ansiado en sus largas ausencias mientras yo crecía en el campo.
Hoy, cuando me manda una nota de voz armónica no solo la escucho, sino que la disfruto varias veces; tal vez por esa voz amo el micrófono, mi herramienta primordial.
¡Feliz día, mamá! No dejes de ser el eco en el alma de tus hijos, te necesitamos incondicionalmente.




