Iván Cepeda no es un proyecto político. Es una fijación. No construye, no diseña, no propone. Señala. Su discurso no avanza: orbita eternamente alrededor de Álvaro Uribe Vélez.
Cuando la política se reduce a tener un enemigo, deja de ser política y se convierte en catarsis personal.
El debate sobre si lee o no lee sus discursos es irrelevante. El problema es que no hay nada que leer. No existe una agenda reconocible, ni una visión de país, ni una sola gran reforma que lleve su firma y haya mejorado de manera tangible la vida de alguien.
En el registro público no aparece un arquitecto del Estado, sino un narrador de agravios que confunde denuncia con dirección y moralismo con liderazgo.
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El petrismo aplaude esa nada porque necesita símbolos, no resultados. Y así se gobierna hoy Colombia: con épica vacía, con consignas ruidosas y con una “Paz Total” que avanza a punta de concesiones mientras la realidad se descompone. El aplauso constante sirve para tapar la ausencia de ideas.
Los seguidores de Cepeda idolatran a un candidato incapaz de sostener un discurso sin un papel. No hay oratoria, no hay propuestas, no hay pensamiento propio. Su único recurso retórico es volver, una y otra vez, a Uribe. Eso es todo. Eso es lo que celebran. Y mientras tanto, el país se hunde en la incertidumbre económica, la inseguridad y la parálisis institucional, mientras algunos aplauden sin entender —o sin querer entender— lo que está pasando.
Cepeda se presenta como defensor de derechos humanos. Pero su trayectoria revela una selectividad moral alarmante.
Durante más de una década pasó casi de puntillas por la peor crisis humanitaria de América Latina: Venezuela. Ni los colombianos presos y torturados por el régimen chavista, ni los presos políticos de la oposición, ni los millones de migrantes empobrecidos que atravesaron Colombia merecieron algo más que menciones marginales.
Colombia no necesita más figuras obsesionadas con el pasado, ni más líderes cuya identidad política dependa de a quién odian. Necesita ideas, rumbo y carácter. Iván Cepeda, hasta ahora, ha ofrecido lo contrario: un discurso circular, una agenda inexistente y una moral selectiva.





