Parecería que es natural escuchar y realmente, las dificultades de convivencia en las familias, barrios, empresas y en la sociedad, nos dice que solamente se asume el hecho biológico de OÍR, o sea, como dice el diccionario: “percibir una cosa por medio del sentido del oído”.
Porque ESCUCHAR, exige, además de oír lo que sucede, reconocer a la otra persona como importante, poner atención y, además, requiere estar dispuesto a cuestionar lo que uno mismo propone, defiende o piensa.
Es claro que cuando nos decidimos a escuchar, entonces abrimos la puerta para conversar y así generar un diálogo a partir de nuestras diferencias. Las conversaciones no necesariamente son para estar de acuerdo, pueden terminar en desacuerdos; porque en el intercambio de ideas, es importante llegar a comprender en qué no se coincide.
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Hoy, más que nunca, jóvenes de todas las edades están pidiendo a gritos ser escuchados por sus familias, colegios, universidades y gobernantes. Necesitan expresar sus miedos, dolores, rabias y sueños para poder hallar el sentido de su vida. Requieren espacios de conversación, en la que no sean descalificados ni juzgados, sino tenidos en cuenta.
Para iniciar, les propongo que en las familias activen los momentos para conversar de todo, porque vale la pena abordar temas antes prohibidos en las casas: política, religión, sexualidad, manejo del dinero y el amor, entre otros, que son necesarios. Es en el hogar, entre personas que se quieren, que se puede empezar la práctica del diálogo entre todas las edades y así, aprender a tener una buena argumentación, tolerancia ante el diferente y respeto por las opiniones. Seguramente hallarán el valor de la escucha activa y respetuosa.




