En Colombia ya conocemos el guion. Ante la emergencia, discurso. Ante las cifras, épica. Para el presidente Petro y su círculo, la tragedia se combate con micrófono, la devastación con trinos y la reconstrucción con asambleas simbólicas. Como si los billones en pérdidas se evaporaran entre aplausos y consignas bien entonadas.
Mientras los ciudadanos hacen cuentas reales —las del arriendo, el crédito, el empleo que no espera—, el progresismo oficial hace relatos. Relatos que buscan desplazar responsabilidades, minimizar daños y convertir la gestión pública en espectáculo político. Las carreteras que se llevó el agua no se reparan con culpa histórica ni las escuelas se levantan con poesía social.
También pueden leer: Tecnomecánica 2026 en Colombia: tarifas oficiales y claves para los conductores
Lo grave no es la sensibilidad social ni la intención de justicia. Lo grave es confundir gobernar con declamar. Administrar no es tuitear, y reconstruir no es narrar. La empatía sin resultados termina siendo solo pose, y la épica sin ejecución, una forma elegante de evasión.
Por eso conviene decirlo claro: en el fondo, el problema no es la izquierda ni el progresismo como ideas. El problema es la improvisación convertida en método y el relato usado como cortina de humo. Porque cuando todo se explica con discursos, nada se resuelve con técnica.
El país no necesita más cuentacuentos. Necesita gestores. Y esa ausencia —más que cualquier enemigo imaginario— es la que hoy pasa factura.





