Describir a David Rivera no es fácil, sería sencillo reducirlo a «violinista», pero David, como en todo en su vida, va más allá. Para él la perfección es el estándar, por eso persigue lo extraordinario.
Aunque nunca he estado en su cumpleaños, ni en su casa, he aprendido a leerlo como un eslabón clave del rock de Medellín que tiene conexión con el pasado y el presente del género, las personas y las historias de asfalto que contrae el Metal, un género apropiado por un segmento de la juventud paisa en los años 80 que logró no solo sustraerse a las duras realidades, sino darle forma a lo que él llama una estática desde el arte a una realidad de muerte. Y eso me lleva a pensar en la literatura del género más pesado de la música: su literatura ha reflejado la decadencia de la cultura occidental desde los comienzos y en la ciudad pocas veces se ha hablado abiertamente sobre el metalero como víctima del conflicto urbano; de cómo los muchachos que hoy tienen 50 quedaron atrapados en fuego cruzado, pero con las ganas de retratar en las precarias bandas de peludos y camisetas negras de los primeros días el manto de oscuridad que cubría la realidad de la ciudad donde nacieron y con sus amigos crecieron.
También pueden leer: Colombia va por los tres puntos contra Chile, esta sería la posible nómina titular
Gracias a Diego Rodríguez Saza en su blog Eskarlata para El Tiempo por la acertada descripción de la iniciativa de David Rivera y a cada uno de los periodistas que han recibido a David en diferentes medios de distintos tamaños y audiencias en Bogotá y Medellín como El Metro.Co.
Esta es la conversación con todos los implicados en esta idea, especialmente el público asistente entre los que estaban algunos amigos y conocidos, fans de Tenebrarum y lectores sedientos esperando a que les firmaran su libro «Violines, luces & sombras», recién salido de la imprenta el martes 1° de octubre en el café del Teatro Pablo Tobón Uribe.




