Volver al Reino

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Mi segundo viaje a España estuvo marcado por el milagro. Compré el tiquete en promoción desde Medellín, a comienzos de enero, con la intención de volar a mediados de julio. Todo un acto de fe teniendo en cuenta que las fronteras de España estaban cerradas y la vacunación en Colombia no había comenzado.

En febrero me notificaron un cambio en la reserva. El vuelo ya no saldría de Medellín, sino desde Bogotá. Como no había más información, supuse que la llegada a la capital correría por mi cuenta. A mediados de ese mismo mes comenzó el proceso de vacunación, por franjas de edad. Calculé que la mía, 46 años, estaría para mediados de año. No tenía afán.

La campaña de vacunación siguió su curso. Con alegría todos fuimos testigos, gracias a las redes sociales, de la esperanza que aportaban al interior de nuestras familias las esperadas inyecciones. A comienzos de mayo, el día de la Santa Cruz, mi hermana Nohoris María me llamó para decirme que había dado positivo para Covid. La angustia hizo su aparición, pero seguimos rezando el Santo Rosario cada noche por videollamada teniendo en cuenta de que era el mes de la Virgen María. Nuestra Madre nunca se enteró, a pesar de que mi hermana estuvo un par de noches visiblemente afectada; pero ella hacía su mejor esfuerzo para maquillarse y peinarse con la intención de no preocupar a la Niña Nohorys Sofía. Gracias a Dios, a la Virgen, al tratamiento seguido y a un trío de ángeles, mi hermana se recuperó pasados los diez días. El 13 de mayo pudimos hacer el Santo Rosario con toda la devoción y alegría que requería la fecha.

A comienzos de junio llegó la esperada noticia. El Reino de España “abre de nuevos sus fronteras a los viajeros que lleguen vacunados de todo el mundo. Sin ningún problema el turista que disponga de las dosis necesarias en función de la vacuna que haya recibido podrá llegar a territorio español”. La entrada dependía de la marca de vacuna suministrada. Justo cuatro meses después de iniciada la campaña de vacunación llegó mi turno. El jueves 17 de junio, muy temprano, llamé a la Cruz Roja de Antioquia para agendarme. Me enteré gracias al grupo de Emaús al que asiste mi hermana Nohoris, quien me pasó el dato. Allí estuve a las 8am. Luego de hacer la fila, me hicieron entrar y tomé asiento. Media hora después me pasaron la hoja de consentimiento y, para sorpresa mía, ¡me aplicarían una marca aceptada por España! La inyección feliz me la aplicaron a las 9.28 am. Sentí un leve mareo y esperé media hora sentado a que se me pasara. Me entregaron el carné, sin la segunda fecha programada. Pasaron las tres semanas y llamé de nuevo. Me asignaron la cita y allí estaba en el sitio y hora indicados. Casi una hora después, a las 9.52 am del jueves 8 de julio, me inocularon la segunda dosis. Esta vez no sentí el mareo, pero si dolor en el brazo.

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A la semana siguiente, sobre el mediodía, llegué al aeropuerto. Con mi carné de vacunación y una prueba PCR negativa hecha justo el día anterior. La compañía aérea española había dispuesto que el trayecto Medellín-Bogotá lo cubriría su socia colombiana. Todo iba muy bien, hasta que un funcionario me preguntó si iba de turista. Al responder que sí, me informó que no podía viajar porque no había cumplido los quince días reglamentarios después de la segunda dosis. Intenté argumentar que las autoridades españolas estaban solicitando el carné o la prueba negativa, pero él insistió en su prohibición.

Le pedí que llamara a su jefe y vino una señora que se mantuvo en la negativa, a pesar de que les argumentaba con información más reciente. Estuve a punto de desfallecer, pero recordé que Dios siempre premia a quien mantiene su fe en Él. ¡Me parecía inaudito que el viaje fracasara a última hora! Era una prueba de fe. Estaba seguro. Tomé aire y pensé en otra opción. Le pregunté a la funcionaria si podía comprar otro tiquete y viajar a Bogotá por mi cuenta. Me respondió que si y lo hice de inmediato. Ya vería cómo solucionar el asunto con la aerolínea española.

En pleno vuelo se me ocurrió presentar la carta de invitación de mi amigo Diego Valverde Villena, poeta hispano peruano que vive en Ávila y mi certificado de estudiante de la Universidad de Salamanca. Al aterrizar busqué un sitio de impresión y me presenté al chequeo sumando los dos documentos a mi carpeta con las reservas y la información bancaria. La funcionaria me hizo pasar con un gesto de felicitación por ser estudiante salmantino. ¡La Gloria sea para Dios!

Luego de entregar mi maleta apareció en el aeropuerto mi amigo poeta Julio César Bustos, quien también había comprado el tiquete desde enero. Él se había puesto la segunda dosis a comienzos de mes así que no tuvo ningún inconveniente al presentarse. Antes de pasar por migración nos topamos con la tripulación de la aeronave y saludamos a su capitán. Al llegar a la sala nos tomamos un whisky, llamé a mi Reina Madre para que me diera la bendición y abordamos la aeronave. Cuando ya estábamos sentados, a varias filas de distancia, llamé a Julio César para decirle el nombre del avión: Juan Sebastián Elcano. “¡No podía ser otro! ¡Cuánta maravilla!”, dijo. Le deseé buen viaje, apagamos los celulares y nos dispusimos a volar.

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John Alexander Rodríguez
John Alexander Rodríguezhttp://elmetroco.wordpress.com
Comunicador Social - Periodista de la ciudad de Medellín con más de 20 años de experiencia. Amante de la buena música, deeejay los fines de semana y emprendedor.
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