Lo primero que hice aquel sábado, después del desayuno, fue preguntar al encargado de la recepción cómo llegar al Museo del Prado, a mi juicio el mejor del mundo. El joven me explicó muy bien y me obsequió un detallado mapa de la ciudad.
Salí del hotel para tomar la Calle de la Bolsa, pasando por la Plaza de Jacinto Benavente (Premio Nobel de Literatura, 1922), la Plaza del Ángel y andar tres cuadras sin afán hasta llegar a la esquina con la Calle del Príncipe. Allí me detuve a contemplar. En el barrio de las Cortes de Madrid todo es literatura. En el piso adoquinado me encontré estos versos: “Volverán las oscuras golondrinas/ en tu balcón sus nidos a colgar/ y otra vez con el ala en sus cristales/ jugando llamarán”. Y cinco cuadras en línea recta, por la Calle de las Huertas, pasando por la Calle del Amor de Dios, la Calle de San José, la Calle de Jesús y la Calle de la Berenjena, se llega al Paseo del Prado.
Al esperar el semáforo para cruzar, el corazón late al ritmo del Arte. Caminar bajo la sombra de esos árboles, donde se siente menos el calor sofocante, ofrendar unos minutos a don Diego Velázquez. Agradecer. Todo empieza a recobrar sentido. Como he llegado antes de las 10, toca esperar a que abran el Museo. Me indican que la entrada será por la puerta posterior, la ubicada frente a la Iglesia de San Jerónimo El Real, donde fue coronado el Rey, Don Juan Carlos I, el 27 de noviembre de 1975.
Mi segunda visita a El Prado no siguió ningún orden establecido por mí. Solo me dejé llevar por la intuición, la mejor de las guías posibles. Comencé rindiendo tributo a las Musas que encontré, a manera de esculturas, en una sala semicircular. Luego ingresé a una sala en la que están reunidas algunas de las pinturas funerarias más emblemáticas de la colección. Me impresionaron dos, de especial manera: Séneca, después de abrirse las venas, se mete en un baño y sus amigos, poseídos de dolor, juran odio a Nerón que decretó la muerte de su maestro de Manuel Domínguez Sánchez (1840-1906) y Doña Juana la Loca de Francisco Pradilla y Ortiz (1848-1921). La sensación que me produjo esa sala fue la estar contemplando la Eternidad. Estremecedora.
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El Prado es un laberinto feliz en el que aprendemos, sala a sala, a conectar el arte con lo sagrado. La colección de este inigualable Museo ennoblece la pintura. Pude apreciar esta vez las Pinturas de la quinta del sordo, de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828). Más conocidas como las Pinturas negras son una serie de catorce obras murales que pintó el aragonés entre 1819 y 1823 y suponen su obra cumbre, tanto por su modernidad como por la fuerza de su expresión. Experiencia sobrecogedora el contemplar estas enigmáticas pinturas.
Después de un bocadillo y un vino en la cafetería, volví a visitar la extraordinaria Sala de Velázquez, esta vez con la variante de que no me pude sentar en la silla del guardia, a causa de la pandemia. La familia de Felipe IV, más conocida como Las meninas me sigue pareciendo uno de los insuperables milagros de la pintura. A las 3 en punto estaba frente al Cristo crucificado del sevillano inmortal que inspiró a don Miguel de Unamuno: Es sueño, Cristo, la vida y es la muerte vela. Y justo al lado, en la misma sala, La coronación de la virgen que nos invita a rezar una Salve.
Una jornada entera en El Prado nunca es suficiente. Hay que volver una y otra vez, cada año, para contemplar su magnanimidad y realeza. Volví a ver mis amadas Inmaculadas que solo este Museo sabe conservar, nuestro querido San Antonio cargando al Niño Dios y las inmensas telas de Rubens, Tiziano y Tiepolo que están entre mis preferidas. Al final casi me desmayo de tanta belleza y tuve que sacar una manzana verde que guardaba en mi mochila sanjacintera, comprada el 20 de enero de este que termina, en el mercado público de Santa Cruz de Lorica.
Al salir del Museo me hice la promesa de volver, otra vez, y me dirigí hacia la Iglesia de San Jerónimo El Real. Me tocó esperar casi una hora hasta que abrieran, a las 6 en punto. Llegaron a hacerme compañía, en la banca frente a la hermosa fachada, una mujer adulta norteamericana y una joven británica. Cada una en lo suyo, pero hubo chance de conversar unos minutos con la primera. Al fondo, el imponente edificio de la Real Academia Española. Al momento de abrirse la Iglesia, cada cual entró en su propio siglo y nos disipamos. La colección de Arte sacro corresponde muy bien con su emblemático vecino y la sensación que produce es de maravillosa continuidad. Altamente recomendado.
Volví andando con una temperatura de 42 centígrados. Paré a comprar agua en un kiosco. En otro, de turismo, solicité información sobre un restaurante. Al pasar frente al Museo Reina Sofía estuve tentado de entrar, pero la fila me lo hizo aplazar. Además, físicamente hubiera sido un exabrupto. Un solo Museo a la vez. Para poderlo disfrutar a plenitud. Reina Sofía: espere hasta mi próxima visita, por favor. Fui a cenar a Tirso de Molina, con la esperanza de toparme con Joaquín Sabina, célebre vecino del lugar. Pero no ocurrió así. La vida, a cambio, me hizo un bellísimo regalo: compartir mesa con una inolvidable pareja vasca. El compositor Luis de Pablo (León de Oro de Música de la Bienal de Venecia 2020) y la pintora Marta Cárdenas, quienes me hicieron sentir en casa y en familia. Conservo una fotografía de aquel irrepetible atardecer. Al terminar estas líneas me entero del fallecimiento de don Luis, el pasado 10 de octubre. Paz en su tumba y larga vida a su obra. La vida, un milagro tras otro.




