Un domingo en Palacio

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A las 8.43 de la mañana corrí la cortina de la ventana e hice una foto. En ella se ve la torre oriental del Palacio de Santa Cruz, hoy sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación de España. El edificio fue empleado como cárcel hasta el reinado de Felipe V, que lo convirtió en Palacio. Es considerado uno de los más emblemáticos del Madrid de los Austrias.

Tomé una ducha, me puse una camisa con el color de los Borbones, los mismos de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora y me eché en el bolsillo un bolígrafo verde del Museo del Prado. Bajé al sótano del hotel, donde funciona la cafetería, me comí unas frutas, tomé agua, café y me comí los panecillos que dejan cada amanecer al interior de una bolsa colgada de la cerradura de la habitación. En la recepción pregunté cómo hacía para llegar al Palacio Real y de nuevo me regalaron un mapa completo, indicándome el camino.

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A las 9.40 estaba frente a la fachada del Teatro Real, rindiendo tributo a nuestra señora Isabel II de España (1830-1904), en la Plaza que lleva su nombre y escultura. La estatua de nuestra reina es fundida en bronce y representa a Su Majestad en pie. Viste con traje de corte adornado y escotado, en su cabeza lleva la corona y en su mano derecha, el cetro. En la izquierda se recoge la banda que le cruza el pecho. La figura mide 2,25 metros de alto y se sitúa sobre un pedestal de más de 3 metros. En su frente vemos el escudo del Reino y bajo sus pies leemos el nombre de la reina.

Retomé mi andadura por la hermosa calle del rey Felipe V (1683-1746) y llegué a la fuente magnífica dedicada a su bisabuelo, el rey Felipe IV (1605-1665). El monumento es un conjunto escultórico levantado a instancias de la reina Isabel II en la primera mitad del siglo XIX, aunque la estatua ecuestre del rey data del XVII. Es obra de Pietro Tacca y la realizó en Italia con un diseño de Diego Velázquez y la asesoría de Galileo Galilei para asegurar su estabilidad. Es una obra maestra por su calidad y por ser la primera escultura “en corveta”, es decir con las patas delanteras del caballo levantadas, sostenido sobre las traseras.

Ese radiante domingo tuve el honor de ser el primero en ingresar al Palacio Real de Madrid, la casa de todos. En su interior está representada cada familia española e iberoamericana. Es la casa de la Hispanidad. Lugar de encuentro de los siglos y las genealogías, al igual que el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Ambos los considero recintos sagrados, por razones históricas, poéticas y familiares. Tan pronto se abrió la puerta a los visitantes solicité hablar con el conserje. La funcionaria de Patrimonio Nacional no entendía la razón, pero en todo caso le llamó. Después de una breve charla con Juan José Jiménez, a quien cariñosamente le dicen “Juanjo”, me recomendó visitar la Real Armería. Y le agradeceré toda la vida porque en mi fugaz visita de 2016 no tuve la oportunidad de hacerlo.

Durante más de una hora pude contemplar las armas del Imperio, con todo lo que eso significa para un monárquico convencido. El núcleo principal de la Real Armería se corresponde con las armas de Su Cesárea Majestad, el Emperador Carlos V, que a su vez custodiaba armas pertenecientes a su padre, el rey Felipe I de Castilla, y a sus abuelos, el rey Fernando el Católico y el emperador Maximiliano I de Austria. A ellas, su heredero Felipe II agregó su armería personal y las armas medievales procedentes del tesoro real Trastámara del Alcázar de Segovia. La colección abarca por tanto la totalidad del siglo XVI, periodo en el que Europa se encuentra en pleno Renacimiento y durante el cual La Corona Española ostentaba la primacía en la política del continente. En mi visita quedé sin aire al contemplar de cerca la armadura que empleó el emperador Carlos V en la gran batalla de Mühlberg, ocurrida el 24 de abril de 1547, entre las tropas imperiales y las de la Liga de Esmalcalda. La Real Armadura quedó retratada en una impresionante pintura ecuestre hecha por Tiziano y expuesta en el Museo del Prado.

Una de las razones por las cuales mantengo admiración, respeto y lealtad por la Monarquía Hispánica es por el Arte que ha sabido encargar, adquirir y conservar. Prueba de ello son las galerías de El Prado y los salones del Palacio Real. Visitarlos es todo un deleite del espíritu, capaz de encontrar lo bello justo al lado de lo sagrado. En resumen, la grandeza y trascendencia de la visión monárquica no tiene equivalente en ningún otro sistema político. Pienso que si la democracia tiene un lugar en el mundo contemporáneo es gracias a la base histórica que le confiere la Monarquía. Solo funciona la democracia donde tiene soporte Real. Donde existe un monarca, como el actual Felipe VI de España, cuya neutralidad política y vocación integradora ante las diferentes opciones ideológicas, le permite “contribuir a la estabilidad de nuestro sistema político, facilitar el equilibrio con los demás órganos constitucionales y territoriales, favorecer el ordenado funcionamiento del Estado y ser cauce para la cohesión entre los españoles”.

El Palacio Real de Madrid, también conocido como Palacio de Oriente, es la residencia oficial del Jefe del Estado, no obstante, los actuales reyes no habitan en él, sino en el Palacio de la Zarzuela, por lo que solo es utilizado para ceremonias de Estado y actos solemnes. Tiene una extensión de 135.000 m² y 3418 habitaciones, (casi el doble que el Palacio de Buckingham o el Palacio de Versalles), es el palacio real más grande de Europa Occidental y uno de los más grandes del mundo. Fue construido por orden del rey Felipe V, sobre el solar dejado por el Real Alcázar, destruido casi del todo por un incendio en 1734. Su construcción comenzó en 1738, según trazas del arquitecto Filippo Juvara. Al morir Juvara, se encomendó el proyecto a su discípulo Juan Bautista Sachetti. Otros arquitectos como Ventura Rodríguez participaron y se formaron en la cantera del nuevo Palacio, a él se debe la configuración de la Real Capilla. Francesco Sabatini se encargó de la conclusión del edificio, así como de obras secundarias de reforma, ampliación y decoración.

Nuestro rey Carlos III (1716-1788) fue el primero que habitó de forma continua el Palacio y, de una u otra manera, Su Majestad siempre estará contento de recibirme en el Salón donde se creó la Real y Muy Distinguida Orden que lleva su nombre. Por más que pretendan empañar su prestigio al conceder inmerecidas distinciones, allí estará viendo pasar los siglos desde el contundente esplendor de su retrato Real.

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John Alexander Rodríguez
John Alexander Rodríguezhttp://elmetroco.wordpress.com
Comunicador Social - Periodista de la ciudad de Medellín con más de 20 años de experiencia. Amante de la buena música, deeejay los fines de semana y emprendedor.
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