Hay jornadas en las que uno entiende con claridad que el viaje tiene sentido.
Poco antes del mediodía del miércoles 21 de julio me embarqué rumbo a San Lorenzo de El Escorial en un tren que no abrió la puerta cuando presioné el botón en la estación correcta y me tocó bajarme en la siguiente con visible molestia. Un par de mujeres, una joven y la otra mayor, me ofrecieron ayuda y un cigarrillo.
– Debería llenar la forma de reclamos en la estación y denunciar el hecho.
– Eso no sirve para nada.
Tras una amable despedida, encendí el cigarrillo, crucé a la acera de enfrente y esperé el tren de vuelta. “Estas cosas pasan”, pensé. “No todos los días va uno a visitar el Real Monasterio”. A veces uno llega más tarde de lo planeado y cree que es un error. Tiempo después entiende que alguien superior ha elaborado el plan. Solo hay que ser agradecido y estar en el presente.
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A las 12.27 pasé por la estación Villalba y le tomé una foto. Descendí por segunda vez en El Escorial y como estaba cerca del Monasterio, me fui andando. El calor del verano escurialense no solo sofoca, sino que irradia una intensa luz desde el interior de uno mismo. A la 1 de la tarde vi mi sombra atravesando los jardines de la Casita del Príncipe, la magnífica arboleda de robles, abetos del Cáucaso, pinsapos y secuoyas gigantes. Hay tanto hechizo en el mundo que, ante el bello espectáculo de lo Real, la mente pareciera estar contemplando una fantasía. El camino recto, sin embargo, en ningún momento permite desviarse.
A la 1 y 20 estaba ingresando, por la avenida Juan de Borbón y Battenberg, en el costado norte del complejo arquitectónico. Recorrer el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial constituye la mejor manera de conocer la Historia de España y especialmente el reinado de Su Majestad Felipe II. Con una superficie de 33.327 metros cuadrados, está situado en la ladera meridional del monte Abantos a 1028 metros de altitud en la sierra del Guadarrama, lo que le da un alto valor paisajístico. Es el monumento que mejor resume las aspiraciones ideológicas y culturales del “Siglo de Oro” español, expresadas aquí mediante una síntesis original de formas artísticas italianas y flamencas.
Es un edificio imperial con varias funciones: Monasterio, Basílica, Panteón del Emperador Carlos V y su inmensa descendencia donde los frailes oran ininterrumpidamente por la salvación de las personas reales, Palacio para alojar al Rey y a su séquito, Colegio y Biblioteca. Fue obra de Felipe II para conmemorar la victoria de sus tropas en la batalla de San Quintín del 10 de agosto de 1557, fiesta de San Lorenzo, y por la necesidad de una digna sepultura para su padre.
La primera piedra del Monasterio se colocó el 23 de abril de 1563, fiesta de San Jorge, bajo la dirección de Juan Bautista de Toledo. Le sucedió tras su muerte, en 1567, el italiano Giovanni Battista Castello y, posteriormente, su discípulo Juan de Herrera. La última piedra se puso el 13 de septiembre de 1584, fiesta de San Juan Crisóstomo, justo catorce años antes del fallecimiento de Felipe II, quien supervisó con cuidado toda la construcción. La Basílica fue consagrada en 1595.
Mis lugares favoritos del Real Sitio: el Patio de Los Reyes, la Biblioteca Real, la sagrada Basílica y el Panteón. Volver a visitarlos, recorrerlos sin afán, apreciar cada trazo, cada obra de arte colgada en sus paredes, es constatar una vez más que en ambos lados del mar estamos hechos de lo mejor y para lo mejor. Atravesé el Patio mientras sonaban las campanadas de las tres de la tarde. Ingresé a la Biblioteca donde pude saludar, de nuevo, a doña Rosario con quien conversé un rato sobre asuntos propios de mi viaje. Al despedirme, le pregunté por su apellido: “Salamanca”. Sorprendido le conté que iría al día siguiente. Ella, sonriendo, me recomendó que también visitara Burgos, cuya catedral estaba cumpliendo 800 años. “Por supuesto que iré”, le respondí. Al salir de la Basílica me encontré con el padre Rafael, que también estaba de visita. Le pedí que me bendijera el rosario de Santa Teresa que había comprado en la Catedral de Ávila y él lo bendijo, emocionado. No pude visitar el Panteón por las restricciones de la pandemia, y el paso del Palacio de Los Austrias al Palacio de Los Borbones fue por medio de una sala en restauración, pero estar en este lugar me conecta de maneras profundas con el espíritu de España.
A punto estaba de abandonar el Real Sitio cuando me fijé que estaban organizando unas sillas blancas en uno de los patios. Pedí a los encargados de la puerta que me informaran y una funcionaria me contó que preparaban un concierto. “¿De quién?”, pregunté. Luego de consultar con la agenda, pronunció unas palabras que me hicieron saltar el corazón: “Las Cantigas de Santa María”. ¡No podía creerlo! “¿Qué precio tiene la entrada?”, dije. “Entrada libre”, contestó. “Comienza a las 10”.
Le agradecí y salí muy emocionado. Casi temblando de la felicidad. Fui a comer algo una plaza cercana, para no desmayarme. Llamé al poeta Valverde Villena para contarle y me recomendó quedarme. “Ese concierto es para ti”. Bajé a la estación para cambiar mi tiquete de vuelta a Ávila y me regresé a hacer la fila. En verdad que no podía creer que una obra que amo y he escuchado más de mil veces fuera a ser interpretada en el mismo lugar donde se guardan las partituras. El corazón se me quería echar a volar. Guardé silencio y agradecí al Altísimo, al Rey de Reyes. Al ingresar ocurrió algo que tampoco me esperaba. Encima del escenario estaba el Estandarte Real, lo que quiere decir que era un evento patrocinado por La Corona. Estaba a la expectativa porque podían estar presentes Sus Majestades. Después me enteré de que el concierto hacía parte de las celebraciones en torno a los ochocientos años del natalicio del rey Alfonso X, el sabio, autor de “Las Cantigas”.
¡La Gloria sea para Dios, Nuestro Señor, y para María, Nuestra Santa Señora!




