El poeta había reservado una mesa en la Plaza Mayor para almorzar.
Nos sentamos, ordenamos un par de copas, una entrada y dos platos para compartir. Nos pusimos al tanto de nuestros asuntos familiares, que no habíamos podido conocer en la distancia. Hablamos del Máster del cual es profesor y yo, estudiante. Brindamos por la ciudad, la familia y los compañeros de Universidad de Salamanca.
A las cuatro de la tarde ya estábamos en camino para visitar algunos de los lugares favoritos de este ilustre salmantino, nacido en 1974, autor de Reunión en Cambridge, Cartas en la manga, Poemas mayores, Poemas imperfectos, Poemas finales, Agosto, Libro cero y Momento (Poesía reunida I). El café lo fuimos a tomar en su oficina de la Calle Arriba, al lado del bello Campo de San Francisco, donde realiza excelentes trabajos de diseño y comunicación, junto a su socio y equipo. De allí fuimos a rendir tributo al poeta y ensayista Miguel de Unamuno, a quien Salamanca erigió un monumento por su “gloria universal vinculada a esta ciudad, cuyo nombre resuena en todos los ámbitos donde se rinde culto a la memoria del gran escritor”. La escultura, instalada en la recoleta Plaza de las Úrsulas, frente a la casa en que Unamuno vivió y murió, es obra del artista Pablo Serrano y fue inaugurada el 31 de enero de 1968, a un día del nacimiento del rey Felipe VI. Sentados en una mesa, tomando un tinto de verano, contemplamos la Torre de Monterrey a la que don Miguel le dedicara aquellos versos célebres.
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Luego de una pregunta del poeta que halló respuesta positiva, nos fuimos al Colegio y Hospedería Arzobispo Fonseca. Fundado por don Alonso Fonseca y Acevedo, estudiante de la Universidad, Arzobispo de Toledo y gran mecenas de las artes, sus obras comenzaron en 1521, según nos cuenta el profesor Román en la página web. Proyectado por el arquitecto Juan de Álava, el edificio se construyó en varias etapas con la intervención de otros colegas: Diego de Siloé, diseñador de la portada, Rodrigo Gil de Hontañón, que amplió la capilla, y Alonso de Covarrubias. En 1557 se inició el anexo de la Hospedería, que tuvo distintas funciones a lo largo de los siglos, incluida la de facultad de Medicina ya en el siglo XX, y que en la actualidad aloja diversas dependencias de la Universidad. La ampliación de la sala rectoral corrió a cargo de Juan de Sagarbinaga, a mediados del siglo XVIII. “En este imponente edificio, joya del Renacimiento español, destaca en primer lugar la portada de 1529, coronada por el gigantesco medallón del apóstol Santiago en la batalla de Clavijo. A ambos lados del zaguán de bóveda de crucería se encuentran, respectivamente, el actual salón de la chimenea con su hermoso artesonado, la capilla que alberga el retablo de Berruguete y el sepulcro del arzobispo fundador. El patio es todo un prodigio de equilibrio, uniformidad y mesura, alrededor del cual se asientan las cuatro partes del edificio, de dos plantas cada una, comunicadas por dos escaleras que dan acceso a los dormitorios”.
El edificio alberga diferentes dependencias de la Universidad, como el Centro de Formación Permanente, el Servicio de Actividades Culturales, el Instituto de Iberoamérica y Portugal, el Parque Tecnológico, la Fundación General y la Asociación Universitaria Iberoamericana de Postgrado, entre otras. Allí hablamos de poesía, secretos y otras sustancias de la memoria.
En la Calle Palominos le tomé una foto al poeta en la que se le ve, mascarilla en mano, ante la fachada posterior del Palacio de Anaya. Luego fuimos al Convento de San Esteban, pero se hallaba cerrado. Nos detuvimos ante su magnífica fachada y leí la placa dedicada a Fray Diego de Deza, “Gloria de la Orden de Santo Domingo y de la Universidad de Salamanca, protector constante de Cristóbal Colón”. Me prometí volver, para ingresar a tan significativo monumento.
Luego le pedí a mi amigo Fernando que me llevara por los lugares cotidianos de un maestro suyo a quien admiro: Antonio Colinas, el hijo de La Bañeza, el poeta, novelista, ensayista y traductor que ha publicado una exquisita obra, cada vez más traducida y premiada, entre otras, con el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Allí estuvimos, en su barrio, en su calle, frente a su edificio. No tocamos su timbre, porque se encontraba disfrutando del verano en su casa de playa.
De ahí en adelante el recorrido se hizo cada vez más personal. El poeta Díaz San Miguel me llevó por sitios significativos de su memoria emocional y su educación sentimental. Nos adentramos en la ciudad moderna, con su arquitectura delicada y consciente de la historia. En los alrededores de la Iglesia de San Juan de Sahagún nos topamos con la poeta Celia Corral Cañas, también profesora de Salamanca, y nos hicimos algunas fotos para celebrar el encuentro casual. De allí pasamos a un almacén de cadena para ver la extraña manera en la que la burguesía hace coincidir el legendario pasado con la utilidad económica.
Por último, pasamos por el portal del Palacio de Monterrey, para preguntar a qué hora lo abrían al día siguiente. Me sorprendió que, a pesar de haber vivido toda su infancia y adolescencia en el entorno de Monterrey, el poeta nunca había ingresado. Una vez supimos la hora de apertura, Díaz San Miguel quiso enseñarme el retablo mayor de la vecina Iglesia de La Purísima, construida en el siglo XVIII, para que apreciara las pinturas de José de Ribera. Allí, contemplando juntos la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora, concluimos el recorrido. Solo me hacía falta vivir una noche de Luna Llena en Salamanca, con recital de por medio. Comencé con un poema de Fernando Díaz San Miguel, fechado en otra ciudad medieval, un 23 de julio.





