Llover sobre mojado

Por: Oscar Anzola Pinto - Periodista.

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Por estos días en Colombia seguimos hablando de las elecciones pasadas mientras el calendario político ya corre hacia la próxima gran cita democrática.

Ya se cumplió la primera parada del año electoral: las elecciones al Congreso y las consultas presidenciales, además de la inscripción de los catorce candidatos con sus fórmulas vicepresidenciales para la primera vuelta rumbo a la Casa de Nariño el próximo 31 de mayo. Y sin embargo, seguimos revisando lo que pasó en la jornada anterior. Es inevitable: cuando la experiencia deja más preguntas que respuestas, la conversación pública se queda girando sobre el mismo punto. Es, literalmente, llover sobre mojado.

Quiero contar cómo viví ese día D.

La jornada empezó temprano, antes de las ocho de la mañana, pero no para votar. Primero cumplí con una rutina personal que ya es casi un ritual dominical: trotar diez kilómetros. Era un domingo gris, con llovizna ligera, de esos que invitan más al café caliente que a salir a la calle, pero el compromiso estaba hecho. Terminé el recorrido, regresé al rancho, disfruté de un gran desayuno y luego sí: llegó el momento de fortalecer la democracia.

Me dirigí al colegio Tomás Cadavid, el mismo lugar donde había votado en las últimas dos elecciones. Todo parecía normal hasta que revisé el listado numérico de las cédulas. Sorpresa: mi nombre no estaba.

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La primera reacción fue de preocupación. Había aplazado un viaje precisamente para poder votar. Entré al colegio y consulté con uno de los funcionarios, identificados con camiseta blanca y el logo de la Registraduría. La respuesta fue directa y desconcertante: debía votar en Medellín, en el colegio Julio César García.

No solo me habían cambiado el puesto de votación, también el municipio.

Por un momento pensé en desistir. A cualquiera le pasa por la cabeza esa idea cuando el sistema parece poner más obstáculos que facilidades. Pero también aparecieron otros recuerdos: la importancia de votar, de no renunciar al derecho que tantos colombianos han defendido durante décadas. Así que tomé una decisión rápida: ir hasta donde la Registraduría había decidido que debía votar.

Llegué al nuevo puesto de votación y volví a revisar el listado. Esta vez sí: mi número de documento estaba allí. Mesa 3. Todo en orden.

Un joven se acercó para verificar mi documento. Era el proceso habitual para confirmar que yo, efectivamente, era yo. Aproveché para contarle lo que había pasado con el cambio de municipio. No hubo explicación. Solo el procedimiento: huella digital en el lector, verificación biométrica… y listo.

Confirmado: yo era yo.

Respiré tranquilo y procedí a votar. Tarjetones en mano: consulta presidencial, Senado y Cámara. Marqué, doblé el voto, lo deposité en la urna y salí con esa sensación simple pero poderosa de haber cumplido.

Ya en casa empezó la otra parte del ritual electoral: seguir los resultados en los medios, llamar a conocidos, intercambiar impresiones y hacer las tradicionales cábalas políticas. Fue entonces cuando empezaron a aparecer otras historias que hacían eco de la mía.

A eso de las diez de la mañana, en Riohacha, una candidata al Congreso llegó a votar y descubrió que alguien ya había sufragado por ella. En el consulado colombiano en Miami, a una mujer le dijeron que no podía votar allí porque estaba inscrita en Cali. Su respuesta fue tan contundente como reveladora: hacía 23 años que no iba a esa ciudad.

Las anécdotas no paraban. A un pariente que se había inscrito en Bello lo enviaron a votar a Medellín, a un colegio en Aranjuez. A eso se sumó el cierre de varias vías importantes alrededor de los puestos de votación, lo que complicó aún más la movilidad.

Con tantas trabas en el camino, me atrevo a asegurar que muchos ciudadanos desistieron de votar.

Y eso debería preocuparnos.

Porque el voto no debería sentirse como una carrera de obstáculos. La democracia necesita participación, y la participación necesita facilidades, claridad y confianza en el sistema.

Pero también hay señales que invitan al optimismo.

En Bello, por ejemplo, hay tres puntos habilitados para la inscripción de cédulas de cara a las elecciones presidenciales: Puerta del Norte, Parque Fabricato y la sede de la Registraduría. En todos se ven largas filas. Y lo más interesante es que muchos de quienes esperan son jóvenes.

Eso indica algo importante: el número de votantes podría crecer, y una nueva generación está interesada en decidir el futuro del país.

Por eso la recomendación es clara para la Registraduría y las autoridades electorales: aumentar el personal y ampliar los puntos de inscripción en todo el país. Si las filas crecen, el sistema debe crecer con ellas. Facilitar el proceso es clave para fortalecer la participación.

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