Bogotá es una de las pocas ciudades del mundo con más de 5 millones de habitantes que no tiene Metro. Y no es por falta de tiempo, sino por la mediocridad de una dirigencia que, durante décadas, prefirió el discurso a la acción.
Mientras tanto, Medellín, bajo un presidente paisa (no precisamente el más brillante), logró en 1982 lo que a los rolos les ha tomado un siglo: construir un sistema de transporte masivo del que hoy se sienten orgullosos.
Los antioqueños no solo tienen Metro, sino una cultura de respeto y cuidado hacia él. Es un símbolo de su tesón, una muestra de que cuando una sociedad quiere progresar, lo logra.
En cambio, Bogotá, a pesar de haber concentrado el poder político y económico del país, sigue atrapada en su propia ineptitud.
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Ahora, cuando por fin se ve la estructura del Metro elevado —un proyecto superior en escala y tecnología al de Medellín—, ¿qué hacen los cachacos? En lugar de celebrar, desatan una campaña de odio.
Caricaturistas, pseudo-influencers y una legión de «progres» incapaces se dedican a sabotear lo que ni siquiera han visto funcionar.
Es el reflejo de una mentalidad derrotista: prefieren hundir lo ajeno antes de construir lo propio.
Mientras Medellín avanza, Bogotá sigue estancada en el pesimismo. ¿Será que, más que un problema de recursos, lo que falta es carácter? Porque, al final, la verdadera tragedia no es ser rolo… es conformarse con ser mediocre.




