En la madrugada del pasado viernes 13, aviones de combate israelíes lanzaron una ofensiva aérea contra diversos objetivos en Teherán y otras localidades iraníes. Según el gobierno israelí, la operación tuvo como fin destruir instalaciones militares y nucleares consideradas estratégicas por Tel Aviv.
El Ministerio de Defensa de Israel afirmó haber eliminado a «nueve científicos y expertos de alto nivel», calificando el ataque como “un duro golpe a la capacidad del régimen iraní para adquirir armas de destrucción masiva”.
Este ataque marca una peligrosa escalada en una relación ya profundamente conflictiva entre ambos países, y ocurre en un contexto regional extremadamente volátil.
Aunque Israel insiste en que se trató de una acción preventiva, analistas internacionales y fuentes diplomáticas coinciden en que se trató de una agresión directa que contraviene el derecho internacional, especialmente considerando que Irán no había emprendido ninguna acción militar contra Israel en el periodo reciente y que mantenía conversaciones diplomáticas con Estados Unidos sobre su programa nuclear.
Una enemistad con raíces históricas
Para entender las causas de esta nueva escalada, es necesario remontarse al año 1948, con la creación del Estado de Israel. Resultado de un proyecto sionista apoyado por potencias como Reino Unido y Estados Unidos, su establecimiento se realizó sobre territorio palestino, lo que provocó el desplazamiento forzado de cientos de miles de palestinos en un proceso conocido como la Nakba —“catástrofe” en árabe—, descrito por numerosos historiadores como una limpieza étnica sistemática.
Desde entonces, muchos países de la región, entre ellos Irán, han mostrado su rechazo al Estado israelí, cuestionando la legitimidad del plan de partición promovido por la ONU.
Irán, en particular, abogó desde un inicio por la creación de un solo Estado federal donde todos los habitantes pudieran convivir en igualdad de condiciones.
Las relaciones entre ambos países se complicaron aún más en 1953, cuando un golpe de Estado orquestado por Estados Unidos y Reino Unido derrocó al primer ministro iraní Mohammad Mosaddeq, dando paso a la dictadura del shah Mohammad Reza Pahlavi.
Durante esa etapa, Irán se alineó con las potencias occidentales, e Israel se benefició del petróleo iraní, acumulando una deuda nunca reconocida ni saldada.
Todo cambió en 1979 con la Revolución Islámica liderada por el ayatolá Ruhollah Jomeini. A partir de ese momento, Irán rompió con Occidente, adoptó una postura antiisraelí y se convirtió en uno de los principales enemigos geopolíticos del Estado hebreo.
¿Quién posee armamento nuclear?
Israel mantiene una política de “ambigüedad estratégica” respecto a su arsenal nuclear, aunque desde la revelación del técnico Mordejái Vanunu en 1986 sobre las instalaciones de Dimona, su capacidad atómica es considerada un hecho por la comunidad internacional.
Vanunu fue secuestrado por el Mossad en Roma, juzgado por traición y permanece en aislamiento desde entonces.
Irán, por su parte, no dispone oficialmente de armas nucleares, aunque su programa ha sido objeto de constantes tensiones internacionales.
Los intentos de negociación han sido interrumpidos reiteradamente, y el más reciente ataque israelí representa un nuevo obstáculo para la reactivación del acuerdo nuclear.
Agresiones previas y motivaciones ocultas
Este ataque no es un hecho aislado. El 1 de abril de 2024, Israel bombardeó el consulado iraní en Damasco, Siria, provocando la muerte de altos mandos de la Guardia Revolucionaria.
Irán respondió con un limitado ataque de unos 300 drones, la mayoría de los cuales fueron interceptados.
El 31 de julio del mismo año, la residencia del líder de Hamás, Ismail Haniyeh, fue blanco de otro ataque israelí, en un gesto que tensó aún más el escenario regional.
Más allá de la retórica oficial, analistas señalan que los motivos del nuevo ataque son eminentemente políticos.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, enfrenta una creciente presión interna y múltiples acusaciones de corrupción.
Con este tipo de acciones, consolida el apoyo de los sectores más radicales de su gobierno, como los ministros Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir, y mantiene el país en un estado de guerra permanente que contribuye a su supervivencia política y judicial.
Además, el ataque se produjo en un momento clave: justo cuando se reactivaban las negociaciones entre Washington y Teherán sobre el programa nuclear iraní. La ofensiva ha tenido como efecto inmediato el colapso de ese diálogo, que buscaba reducir las tensiones en Oriente Medio.
Gaza, fuera del foco
En paralelo, el ataque ha desviado completamente la atención internacional de la crisis humanitaria en Gaza.
Días antes, un bombardeo israelí destruyó la última infraestructura de telecomunicaciones en la Franja, provocando un apagón total que ha dejado a sus habitantes incomunicados.
La situación en el enclave palestino sigue siendo crítica: hambruna, colapso hospitalario y más de 35.000 muertos.
El conflicto con Irán no puede comprenderse sin este telón de fondo. En última instancia, el ataque parece obedecer a una estrategia de distracción mediática y consolidación interna del gobierno israelí, más que a una amenaza militar inminente proveniente de Teherán.
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