A la mañana siguiente me desperté a las 6, como marca el reloj de cada día.
Después de hacer las oraciones me quedé en la cama, consultando las redes sociales, whatsapp y tinder. Tengo un match de una musa muy guapa, con sonrisa impecable, como sonata de Mozart. Comenzamos a hablar y me cuenta que es de Angola, pero que vive en una ciudad cercana a Lisboa, desde hace algunos años. ¡Sintra!
Es una señal del Cielo, porque antes de dormir había descartado visitar ese lugar tan recomendado por mi amigo poeta Julio César Bustos, porque mi amada lispoeta anfitriona me había propuesto lugares que se me antojaron más atractivos. Pero, ante la respuesta del destino, enruto mis velas hacia Sintra, para encontrarme con ella.
También pueden leer: ‘Vive la Cámara’ llega al Centro Empresarial Aburrá Norte, inscríbase aquí
A las 9.17 de la mañana ingreso a Rossio, la estación del tren. Subo al segundo piso y me dispongo a esperar la salida, programada para las 9.41. Conmigo llevo el libro que me acaba de obsequiar mi anfitriona, “Una visita al Museo de Historia Natural” y me dispongo a leerlo, justo al lado de la ventanilla. “Afuera una brisa delicada/ una bandada de pájaros emigrando hacia el sur,/ el aire tibio del Caribe/ envolvente como un útero/…”
A las 11.22 le tomo la primera foto a Victoria y su sonrisa monumental. Ya nos habíamos encontrado en el café de la estación y habíamos conversado sobre su país y el mío. La exquisita contundencia del abrazo que nos dimos removió algunos tornillos que necesitaban zafarse. Ese breve instante de su cuerpo rozando el mío hubiera sido suficiente para quedarme a vivir toda la vida allí, con ella, entre palacios, castillos, bosques, fuentes y viajeros del mundo de todas las dimensiones. Pero la certeza de los cuerpos que hablan su lenguaje milenario nos asustó.
Sintra estuvo habitada desde el siglo II a. C., como parte de los territorios de la ciudad romana de Olissipo, aunque hay testimonios de su ocupación durante el período Neolítico. Durante la Edad Media, cuando Olissipo pasó a llamarse Lisboa, el núcleo poblacional se extendió como una malla urbana irregular en torno a las carreteras principales que conducían a la villa. En el año 713 comenzó el período musulmán, cuando Sintra funcionó como dependencia de Lisboa, época en que se desarrolló su centro histórico. Algunos textos de la época la señalan como el centro urbano más importante de la zona después de Lisboa. Fue brevemente tomada por Sigurd I de Noruega en 1108 durante la cruzada noruega, aunque no quedaría en manos cristianas hasta que Alfonso I de Portugal venció a la Taifa de Badajoz en 1147 y la conquistó para el cristianismo, otorgándole el título de municipio el 9 de enero de 1154.
Durante el reinado de mi tocayo, Juan I, (1385-1433) se instalaron conventos, monasterios y órdenes militares, se inició la construcción de palacios reales y fue poblada por aristócratas que erigieron suntuosas residencias en la zona. En el siglo XVIII, la villa fue relegada por la corte en favor de otras ciudades de la zona, hasta que el terremoto de 1755 provocó una gran destrucción que devolvió la atención a la ciudad, que debió ser reconstruida. No tardarían mucho los viajeros extranjeros y la aristocracia portuguesa en redescubrir el encanto de Sintra. El rey consorte Fernando II, transformó en el siglo XIX un monasterio jerónimo en el Palacio da Pena, que se convirtió en residencia veraniega de la corte.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, los habitantes más adinerados se trasladaron a la periferia y en la villa se instalaron establecimientos de alojamiento que atrajeron a los visitantes, convirtiendo a la ciudad en un centro turístico. En 1854 tuvieron lugar los primeros intentos de construir una línea ferroviaria que comunicara Sintra con Lisboa, la cual finalmente se inauguraría el 2 de abril de 1887, tras el fugaz funcionamiento de un monocarril. A principios del siglo XX Sintra experimentó una gran urbanización, que también significó la destrucción de algunas piezas del patrimonio cultural de la villa, aunque poco después se crearon instituciones dedicadas a proteger el patrimonio local. El paisaje cultural de Sintra fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en diciembre de 1995.
Victoria sigue sonriendo y mi corazón, también. Seguimos caminando algunas calles en un rumbo que solo ella conoce. Frente al Palacio Nacional nos hacemos dos fotos, abrazados. El emblemático edificio presenta trazos de arquitectura mudéjar, gótica, manuelina, renacentista e historicista. Es considerado un ejemplo de Arquitectura orgánica, con un conjunto de cuerpos aparentemente separados, pero que forman parte de un todo articulado entre sí, a través de patios, escaleras, corredores y galerías. Fue clasificado como Monumento Nacional en 1910.
Como regalo de nuestro encuentro, ella me recomienda visitar la Quinta da Regaleira. Recibo su obsequio como un mandato real. No sé lo que hice durante la hora siguiente, porque no hay fotos que me ayuden a recordarlo, pero supongo que me quedé vagando por las calles de Sintra tratando de comprender la naturaleza de nuestro encuentro.
La Quinta da Regaleira también es llamada Palacio de Monteiro de los Millones, por el apellido y apodo de su primer propietario, António Augusto Carvalho Monteiro. El palacio está situado en pleno centro histórico de Sintra y está clasificado como Patrimonio Mundial por la Unesco. Monteiro, ayudado por el arquitecto Luigi Manini, construye en la quinta de cuatro hectáreas un palacio, lujosos jardines, lagos, grutas y edificios enigmáticos, lugares que esconden significados relacionados con la sagrada alquimia. Modela la quinta con construcciones que evocan las arquitecturas románica, gótica, renacentista y manuelina.
Un lugar mítico, de ensoñación real, que ha servido de inspiración a miles de visitantes, artistas, viajeros de todos los mundos y alquimistas, para realizar su obra. Se dice que Walt Disney se inspiró en La Quinta para construir su Magic Kingdom. Lo que pude comprobar es que el sitio conecta dimensiones del alma a través de laberintos muy bien concebidos para romper las barreras de la mente y del cuerpo. Allí tuve mi encuentro íntimo con Beatrice, la musa de Dante, y con La Virgen, Nuestra Señora, en una Gruta que bien merece la pena visitar a solas y en silencio.
Victoria y yo nos despedimos antes de ingresar a La Quinta, a las 11.32, de aquel 11 de agosto de 2021; pero su sonrisa, su aroma, el misticismo de Sintra, nunca me abandonaron. Y sé que al volver, ella estará en la estación, con los brazos abiertos.




