La mañana del sábado comenzó a las 10, debido al Recital de Luna Llena en el que tuve como invitados a Jennifer García (Medellín, 1995), Martín Martínez (Sincelejo, 1966) y Paloma Yerovi (Lima, 1980). Dormí poco, pero satisfecho con el poema a ocho manos que acabó siendo mi primer evento virtual transoceánico desde Europa.
A las 10.20 estaba muy emocionado frente al portal del Palacio de Monterrey. Según su página web, Monterrey es uno de los mejores ejemplos de la arquitectura civil del renacimiento español y máximo exponente del Plateresco. Ha servido de ejemplo para otros estilos arquitectónicos como el neoplateresco o el “estilo Monterrey”, y de inspiración para otros edificios como la Academia de Caballería de Valladolid, el actual Museo Arqueológico de Sevilla o el Palacio de la Diputación de Palencia. Fue levantado por voluntad de don Alonso de Acevedo y Zúñiga (1495-1559), III conde de Monterrey, noble de ilustre linaje de origen gallego con importantes recursos, que estuvo vinculado a la ciudad salmantina, donde poseía algunas casas e inmuebles. Encargó el proyecto a los arquitectos Rodrigo Gil de Hontañón y a fray Martín de Santiago en 1539, presupuestado en 10 millones de maravedíes, un coste altísimo teniendo en cuenta que la economía del Conde no pasaba por su mejor momento. Esa fue la razón por la que el edificio nunca se concluyó como estaba previsto, además teniendo en cuenta que su hijo, quién debía de continuar los trabajos, falleció apenas tres años después de hacerlo él, quedando como heredero un niño de corta edad, don Gaspar, V conde de Monterrey. En la construcción participaron numerosos artistas locales, escultores, tracistas y adornistas. La fachada que se contempla desde la plaza de las Agustinas, es solo una parte de lo que se proyectó, puesto que le debía corresponder otra construcción simétrica al norte.
A la fachada principal se le incorporó una bella decoración de cresterías y unas chimeneas de filiación francesa, decoración que contrasta con el cuerpo inferior, de carácter medieval. Sin duda la parte más bella del edificio son los torreones, las crestería, caladas y caprichosas, y las chimeneas, las primeras, autentica filigrana en piedra, las segundas, de filiación francesa. En las esquinas de los cuerpos superiores de los torreones, se aprecian los escudos de armas del III conde de Monterrey con los linajes de Acevedo y Fonseca. El momento de incorporación del palacio a la Casa de Alba se produjo tras el matrimonio de Catalina de Haro y Guzmán (1672-1733), VIII condesa de Monterrey, VIII marquesa del Carpio, quien heredó todos los títulos de los linajes de Olivares, Carpio y Monterrey, así como el famoso palacio salmantino, con don Francisco Álvarez de Toledo y Silva (1662-1739), X duque de Alba. Solo tuvieron una hija, Doña María del Pilar Teresa Álvarez de Toledo (1691-1755), XI duquesa de Alba, la primera mujer que ostentó el título. Respecto al interior no hay muchos datos, aunque en el siglo XIX albergó una escuela pública.
Durante los siglos XIX y XX existe constancia de ciertas reformas en el edificio. Muy conocidas son las realizadas en época del XVII duque don Jacobo Fitz-James Stuart y de su hija la XVIII duquesa doña Cayetana y su esposo, don Luis Martínez de Irujo. El Palacio fue declarado “Monumento arquitectónico-artístico” el 6 de mayo de 1929. En los años 40 se hicieron obras de acondicionamiento en los torreones, tejados y en la vivienda, hasta que se reinauguró la casa en 1949. Hoy en día es la residencia del Duque de Alba.
Caminar por sus salas, pasillos, salones, escaleras y habitaciones es, en sí misma, una experiencia estética. Es muy conocido el carácter coleccionista de esta gran familia, lo que nos permite recorrer un verdadero Museo en sus paredes, puertas, techos y pisos. El mobiliario, las ventanas, todo está hecho y dispuesto con criterio y sentido. Incluyendo la habitación de Su Majestad don Juan Carlos I, con una preciosa Coronación de Nuestra Señora en la pared de su cabecera.
Subir a la Torre de Monterrey es comprender el paso del tiempo sobre los tejados de Salamanca. Desde allí pude observar el edificio, apartamento y balcón en el que el poeta Díaz San Miguel pasó su infancia y primera juventud. Espero que alguna vez él se permita contemplar su edad primera desde esta torre. Aquí están el azul, el blanco y el viento, esperándole. También pude apreciar, con algo de nostalgia futura, la esquina del bello hotel que me hospedó un par de noches. Aquí tuve una revelación, un misterioso encuentro con el personaje principal de mi primera película: Empera. Mientras hacía un plano de 360 grados para retratar los doce arcos que la coronan. Allí estaba don Fernando, el Gran Duque de Alba, esperando mi reverencia. Es mentira que el tiempo pasa. Solo fluye, de una eternidad a otra.
Al salir del Palacio fui a la estación de autobuses para comprar el tiquete para la próxima estación de mi peregrinaje. Camino al hotel ingresé por segunda vez a la Iglesia de La Purísima. El motivo: una elegante boda que coincidía en fecha con la de mis padres. Viajé a mi natal San Marcos, 55 años atrás, el 24 de julio de 1966. Esta vez no eran en blanco y negro las fotos de aquel domingo, sino imagen en tercera dimensión y a colores. No me atreví a llegar hasta las filas delanteras, por pudor. Me detuve en el camino hacia el altar, saqué el móvil e hice una foto de la pareja, los padrinos y la Inmaculada Concepción del gran José de Ribera, una de las mejores del tema. La Iglesia es la parte pública del Convento de las Agustinas y fue construida por el Conde de Monterrey con el propósito de que sirviera como capilla funeraria para su familia. Volví al hotel para hacer el chequeo de salida y almorzar. El menú del día me pareció digno de recordar. La bebida: una cerveza española. Primer plato: abanico de ibéricos de recebo y setas en aceite de oliva que serían suficientes para quedar satisfecho. El segundo fue un confit de pato con papas que me hizo recordar la época imperial. El postre: una copa de helado de fresa y vainilla.
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A las 3.30 ya había resuelto el asunto gastronómico e iba rumbo a un lugar que me llamaba desde siempre: el Convento de San Esteban. Visitar este hermoso lugar es cuestión de Fe, Arte e Historia, algo que un hispanista americano no puede perder. El Convento pertenece a la Orden de Predicadores o Dominicos, frailes que arribaron a la ciudad en el siglo XIII, poco tiempo después de que se fundara la Universidad. Al principio se instalaron fuera de las murallas de la ciudad, junto al río, pero el convento fue destruido por una crecida del Tormes, en 1256. Entonces el obispo les concedió un terreno dentro de la ciudad, en el que levantaron uno nuevo, del que apenas quedan restos. El actual fue construido entre 1524 y 1610.
El exterior del Convento es una de las imágenes más conocidas de Salamanca, junto a su Plaza Mayor. La fachada de su Iglesia es uno de los más bellos ejemplos del plateresco español. En su parte central está representado el martirio de San Esteban, por Juan Antonio Ceroni. Ingresé al Convento de San Esteban por obra y gracia de Dios, porque no tenía efectivo al llegar a la puerta de acceso y no se admite el pago con tarjeta. Al ver mi cara de desilusión por la distancia del cajero más cercano y saber que viajaba desde Colombia, el fraile de acento americano se apiadó de mí y me permitió entrar. El interior del Convento está conformado por la Iglesia dedicada al santo mártir. El retablo mayor es obra de José de Churriguera. En el centro puede verse el expositorio del Santísimo Sacramento, que está rodeado por seis enormes columnas salomónicas por las que trepan parras de grandes hojas y racimos. Entre estas columnas están situadas dos esculturas: santo Domingo de Guzmán y san Francisco de Asís. En la parte superior del retablo destaca un cuadro que muestra el Martirio de San Esteban. Destacan, además, la Capilla del Rosario, las capillas laterales, la sacristía, la escalera de Soto, el Claustro de Procesiones o de los Reyes, el mausoleo del Gran Duque de Alba, las Salas capitulares (el Capítulo Antiguo y el Capítulo Nuevo), el Coro y el Museo que alberga una colección de objetos religiosos.
Uno de los personajes históricos más importantes que han pasado por este Convento es un reconocido navegante italiano que viajó hasta aquí para entrevistarse con el prior del convento, Fray Diego de Deza, que era confesor de Isabel la Católica. Su propósito era conseguir que los Dominicos convencieran a la reina de que financiara su viaje a las Indias. El salón donde se realizaron estas conversaciones recibe el nombre de Salón de Profundis o de Cristóbal Colón.
Mi última jornada en Salamanca terminó con un mojito en la mano. Eran las 12.40 de la noche y en la mesa me acompañaba una amable pareja. Ella de origen sanmarquero y él de origen salmantino. Simpáticos, conversadores y de buen sentido del humor. Kelly y Julio se conocieron en México, donde ambos viajaban por asuntos laborales. Hicieron click al instante, intercambiaron números y de aquello han pasado varios años. Ahora tienen un hotel en el centro histórico de Salamanca y son grandes anfitriones. Me invitaron a cenar y a tomarnos un coctel, a manera de despedida de esta entrañable e inolvidable ciudad a la que me prometo volver.






