¡Gracias, Piero! Arquitecto de la canción latinoamericana

Por: Gabriel Posada - Transformación Digital & Contenido - @GabrielPosada

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Lo primero que conocí de Piero me llegó a través de un casete de mi tío Abel Gálvis, sonando de fondo en el campo. Lo demás lo absorbí a cuentagotas por la radio y en dosis masivas dentro de un bar de música andina donde trabajé como mesero a mis 17 años.

Sin saberlo, estaba escuchando a uno de los fundadores definitivos de la canción de autor en nuestro continente: Piero Antonio Franco De Benedictis.

Nacido en Gallipoli, Italia, en 1945, y radicado en Argentina desde su niñez, Piero irrumpió en los años 60 navegando entre el rock naciente y la canción de protesta. Su primer golpe maestro llegó en 1969 con el himno del día del padre “Mi Viejo”, coescrita con su dupla de vida creativa, José Tcherkaski. Este eco intergeneracional trascendió fronteras con cifras apabullantes: se estima que ha vendido más de 3 millones de copias a nivel mundial y ha sido versionado en decenas de idiomas, consolidando su nombre en toda América Latina.

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Tres caminos que lo hicieron irrepetible:

La radiografía social: Con temas como “Juan Boliche”, “Coplas de mi país” y “Si vos te vas”, Piero se erigió temprano como la voz de la clase trabajadora. Esta franqueza le costó caro: durante la dictadura militar argentina (1976-1983) fue censurado y forzado a un exilio que lo llevó por Panamá, España, Italia y, crucialmente, Colombia. Ese destierro forjó un vínculo inquebrantable con el país, al punto que en 1994 le fue otorgada oficialmente la nacionalidad colombiana. Vivió en El Peñol.

El puente latinoamericano: Fue pionero en cantar con y para los pueblos, tejiendo alianzas históricas con gigantes como Mercedes Sosa, León Gieco y Pablo Milanés. Su propuesta folk nunca se limitó al molde argentino; fue un proyecto integrador que fusionó la nueva trova, el folk y la canción de denuncia. Tras su regreso a Argentina a principios de los 80, rompió récords históricos realizando 114 recitales en apenas seis meses, demostrando el hambre de un continente por volver a escuchar verdades.

La revolución para el alma y la infancia: Piero logró un hito inusual en la industria: reinventarse a través de la ecología, la espiritualidad y los niños. Su emblemático disco “Sinfonía Inconclusa en la Mar” (1973) vendió más de un millón y medio de copias, convirtiéndose en un fenómeno comercial que no subestimaba la inteligencia de su audiencia más bajita. Canciones como “El trencito” y “La Creación” lo consagraron como el primer artista en hacer rock y trova para toda la familia sin caer en la infantilización vacía.

Su mayor legado es haber demostrado que la música popular no tiene por qué ser complaciente. Piero le abrió la puerta a un cruce de caminos que parecía imposible para su época: aquel donde la canción colombiana, la trova cubana y el rock argentino podían coexistir, retroalimentarse y pensarse en voz alta.

El famoso “¡Gracias, Piero! Piero, gracias” pudo haber sido un chiste recurrente de la televisión de los 80, pero hoy se pronuncia como un reconocimiento sincero. A Piero hay que agradecerle su valentía para mezclar la denuncia con el humor, y su terquedad para seguir cantando, guitarra en mano, para que no se nos olvide que seguimos siendo humanos.

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