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De cómo el Gaula los salvó de ‘La Picaleña’

Por: Mauricio Galeano Quiroz - Comunicador Social-Periodista - @Maurosgal

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Una supuesta llamada a nombre de “Los Urabeños” generó zozobra y preocupación en la familia de Eugenia*, que por poco cae en las tretas de bandidos que pretendían extorsionarlos.

Don Armando* es un comerciante que ha tenido su negocio de productos de la canasta básica en la Central Mayorista de Antioquia, centro de abastecimiento ubicado en los límites entre los municipios de Itagüí y Medellín.

Una tarde del año 2013 la administradora del negocio contestó una llamada en la que la persona al otro lado de la línea se identificó como integrante del grupo delincuencial ‘Los Urabeños’ y preguntó por Don Armando. En medio del nerviosismo que esa solicitud generó en la empleada, esta de inmediato le entregó información y el contacto de su jefe.

Eugenia, hija de Don Armando que le ha colaborado en el negocio familiar, cuenta que “eso fue un día en que estábamos en inventario; y por lo general el teléfono fijo no se respondía después de las 5:00 p.m. Pero ese día la empleada respondió y se produjo entre los empleados y la familia un temor indescriptible”.

Posteriormente, ese mismo día, el supuesto integrante de Los Urabeños contactó a Don Armando, se identificó como miembro de esa estructura criminal y aprovechó la información que había conseguido en el directorio de comerciantes que en aquella época publicaba “La Mayorista”, para exigirle una colaboración de un millón 200 mil pesos que se utilizarían en la compra de unos radioteléfonos que necesitaba ese grupo ilegal.

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“Mi papá ha sido negociante y siempre se ha caracterizado por ser amable y mantener la calma; además de saber ‘torear’ a los bandidos en Medellín y de su pueblo de origen: Granada, Antioquia. Él le dijo astutamente al tipo que no podía atenderlo, porque estaba en una reunión; pero que, si lo llamaba más tarde, podrían hablar del asunto”, cuenta Eugenia.

Don Armando, quien en algún momento hizo parte de la Junta Directiva de la Central Mayorista de Antioquia, manifestó la situación a su equipo de trabajo y les pidió mantener la calma. Al rato el tipo insistió en la llamada… El comerciante contestó y le dijo que él no era millonario y que no contaba con esa plata y que, por el contrario, estaba buscando un préstamo para invertir en su negocio.

Al otro lado de la línea, el supuesto “Urabeño”, en tono amenazante, le indicó a Don Armando que, si no colaboraba con la suma de dinero que le exigía, los hombres que estaban dentro de un vehículo gris, parqueado afuera de su local, atentarían contra la vida de él y la de sus trabajadores. “La exigencia era que mi papá debía llevar esa plata a una finca en Las Palmas para que viera en que se iba a utilizar”, relata Eugenia.

La situación en ese momento se puso tensa y, por coincidencias de la vida, en las inmediaciones de la bodega estaba un vehículo de color gris. Don Armando les dijo a sus trabajadores que fueran saliendo con calma del negocio y desalojaron con éxito el local. Por parte de la familia de Don Armando la reacción fue de desespero, se sentían vulnerables e intimidados sin saber qué hacer frente a esa intención de extorsión. No obstante, el hábil comerciante tomó una decisión más asertiva: preguntó entre sus familiares y allegados si conocían a alguien en la Fiscalía, puesto que por esos días había visto las diferentes campañas del Gaula para denunciar el delito de la extorsión en La Mayorista.

Y así fue: sus allegados lo contactaron con fiscales que atendieron el caso. Ya en la Fiscalía, los integrantes del Grupo Gaula le dieron indicaciones a Don Armando y a su familia. Lo primero fue explicarle que no debían entregar dinero, porque con una vez que paguen, los bandidos seguirán ‘vacunándolos’ cada vez que se les antoje tener dinero fácil. Adicionalmente, les recomendaron cambiar los números de las líneas telefónicas fijas del negocio y de la casa y también de los celulares, puesto que ellos se aprovechan de directorios de comerciantes y bases de datos para buscar a sus víctimas.

Lo otro que les explicaron fue que esa llamada es una estrategia que utilizan los convictos confinados en las cárceles del país, quienes compran simcard de celular con pocos minutos para llamar a diferentes víctimas e intimidarlas a ver si caen en esa treta intimidatoria. “Nos dijeron que los reclusos llaman y, con libreta en mano, toman apunte de las reacciones y monitorean el comportamiento de las víctimas que responden al otro lado de la línea para determinar si pueden seguir insistiendo y coronar la extorsión”, dice Eugenia.

Esta modalidad de extorsión es conocida en el bajo mundo como “La Picaleña”, la cual se empezó a aplicar en el centro de reclusión de la ciudad de Ibagué que lleva el mismo apelativo; pero que es empleada en otros centros penales del país con gran éxito para los delincuentes, puesto que las personas al sentirse intimidadas e indefensas, lo primero que hacen es pagar y no denunciar ante las autoridades.

Entre las alternativas que los funcionarios del Gaula les recomendaron a Don Armando y sus familiares fueron: no responder llamadas de números extraños, no entrar en pánico ni pagar de inmediato las cifras que piden los extorsionistas, si por error responden las llamadas no hablar con ellos y dejar que transcurra el tiempo (a ellos les da rabia, perder minutos de las simcard, porque son preciados para cometer su delito), no suministrar datos de los negocios con personas extrañas.

A partir de esa mala experiencia Don Armando se volvió más desconfiado e instaló en su celular la aplicación TrueCaller para identificar todo tipo de llamadas. Y en la Central Mayorista de Antioquia permanentemente se hacen campañas para socializar los comportamientos de los bandidos y contrarrestar el delito; además, existe mayor colegaje y solidaridad entre los comerciantes para contar cómo son las nuevas modalidades de extorsión y ayudar a los afectados para hacer las respectivas denuncias ante el Gaula.

*Nombres ficticios por solicitud de las fuentes

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