Buenaventura, el único puerto que hemos tenido desde 1500 sobre el Pacífico, siempre ha dado muestras de estar cansada y mientras pasan los días repite su perfil, ya sea para acostumbrarse a su modorra, para despilfarrar lo que tiene o robarse lo que les llega.
Hace 100 años, en 1926,la prensa bogotana destacaba que el problema del puerto de Buenaventura no era solo la congestión que había obligado a varias compañías de vapores a suprimir sus itinerarios en este lugar, sino un problema sanitario.
La semana pasada la alcaldía de Buenaventura, en un acto muy propio de la torpeza que ha caracterizado a sus dirigentes, impuso un pago de $4.235 por tonelada que entre o salga a sus muelles, espantando la carga pues se volvió el más caro en un país que se está llenando de puertos modernos, dotados de buenas e imperturbables carreteras de acceso.
En 100 años Buenaventura no tiene aún acueducto ni en el Escalerete ni en ninguno de los ríos que la rodean. Jamás ha pretendido romper el cuello de botella del puente del Piñal, el único conducto para pasar del continente a la isla de Cascajal donde crecieron ciudad y puerto. Como allá todo tiene un precio monetario de contraprestación, arrastra un tsunami de corrupción que solo se salva uniéndose a ese oleaje de mierda.
Como siempre ha sido puerto y epicentro de toda la costa Pacífica colombiana, quienes las habitan solo de paso conviven con esa corruptela y como además no hay ninguna clase social o familiar arraigada, porque los mejores puestos los ocupan de lunes a viernes gentes del interior empleados por bancos, empresas de comercio exterior, trasporte y aduanas, la sensación general es que la ciudad puerto nació cansada.
Nadie parece responder por ella ni por las imbecilidades que cometen sus dizque dirigentes. Menos por planificar su futuro. Por eso, Buenaventura siempre será un problema, no una esperanza.






